viernes, 2 de enero de 2015

Capítulo 14 - Viejos amigos

               La Gobernadora se encontraba en la habitación que, ahora, era su despacho. Recién había recibido una notificación de uno de los tantos pelotones. "No encontramos nada" decían todos y cada uno de ellos. Y así debería ser.
               El papelerío era agotador. Cuando su marido se encargaba de estos trámites lo hacía con total serenidad, podía estar una tarde entera trabajando así. Por la noche caía fundido justo después de cenar, siendo presa del cansancio. Clara recién empezaba ya sentía dolor en las muñecas, y hacía sonar sus dedos y cuello cada dos minutos, manifestándose incómoda. La espalda no tardaría en quejarse también. Aún así, era su trabajo, y debía hacerlo bien.
               Cránade era Capitán de las Fuerzas Defensoras. Cruz había sido ascendido, sorprendentemente, a Jefe de Vigilancia de la frontera norte. Cránade no podía haber sido ascendido a Gobernador porque, en el caso de que el Gobernador muriera, debería asumir el Capitán de las Fuerzas Defensoras, y, en el caso de que éste no pudiera tomar el cargo, lo haría la mujer del difunto Gobernador. Así decía la ley. Por esta razón Máximo nunca podía ser Gobernador, no tenía mujer y la idea de volver a casarse le provocaba náuseas.
               La Gobernadora no era apoyada por el pueblo en su totalidad. Había quienes la acusaban de dictadora, los más conspiranóicos incluso la hacían culpable de la muerte de su marido. Las explicaciones dadas acerca de la muerte del ex-Gobernador y la desaparición de Máximo Cántero fueron bastante confusas, dando lugar a distintas hipótesis, ninguna de estas lo suficientemente tranquilizadora. El pueblo se creía en peligro, pero no sabía a quién temer.
               Clara había declarado culpables al grupo de lunáticos que sembraban el terror en los puebluchos que rodeaban la Ciudad, algunos decían que eran anarquistas, otros creían que eran fanáticos religiosos, pero todos confirmaban que vaciaban cada pueblo que encontraban y asesinaban a todo aquel que veían. Hacía tiempo que, en el pueblo, se rumoreaba la existencia de este grupo, y el discurso de Clara terminó por confirmar el rumor. Había declarado una guerra. Era la primera vez que hablaba en público para todo Aires. Al llegar a su casa, su cuerpo entero temblaba.
               Un soldado entró en el despacho.
—Gobernadora, dicen que es hora—comunicó, en tono formal.
               Ella asintió. La noticia la tomó por sorpresa, pero intentó disimularlo.
—¿Saben que murió?
—Creo que sí.
—¿Saben que asumí yo?
—No. No lo saben. Sería un problema.
—En eso coincidimos. ¿Algo más?
—Estaré haciendo guardia en la puerta hasta que nos necesite.
               Lo había olvidado por completo.
               Cuando el soldado se retiró, mandó a llamar a Cránade. Por primera vez las cosas parecían írsele de las manos, una leve presión en el pecho disminuía su capacidad de respirar correctamente, y, a pesar de hacer no más de 20 grados, comenzó a sudar. ¿Cómo iba a decirle? Su mundo se derrumbaba poco a poco, las realidad se presentaba en cámara lenta, una película de terror que no quería ver. Extrañó al Gobernador durante unos segundos. ¿Cómo se había olvidado? ¡Si desde el inicio estaban allí!
                Cránade llegó rápidamente.
—Sentate—dijo Clara.
—¿Qué pasó?
—Nada, escuchame un rato. Nosotros hicimos muchas cosas anteponiendo el bien de Aires por sobre todo. Priorizamos la Ciudad. A nuestra gente. Eso lo sabés
—¿Qué te pasa? Me estás asustando.
—No, no es para asustarse. Es una de esas cosas que tenemos que hacer. Nada que no hayamos hecho ya.
—Hablame claro, Clara. No des tantas vueltas. ¿Es importante?
—Estoy tratando de decirte eso. Es importante. Pero nada para asustarse. El problema es que no lo puedo hacer yo, lo tenés que hacer vos, no hay alternativa.
—¿Qué tengo que hacer?
—Es algo fácil, pero tenés que escucharme con atención y no podés interrumpirme.
               Cránade asintió.
—Nosotros fuimos una de las primeras ciudades. Aires fue la primera organización después del incidente. Con inteligencia, trabajo y constancia fuimos creando, poco a poco, esto que tenemos hoy.
—¿Es una clase de historia? Ya sé todo esto.
—Te dije que no interrumpas. No viviste todo esto desde el inicio. Al principio éramos muy pocos, nada organizados, y sin ningún futuro a la vista. Fuimos creciendo. Con honor. No todos hicieron lo mismo.
               Clara observó interés en el rostro del Capitán.
—Empezamos a crecer —continuó— pero no podíamos aceptar a todos. No teníamos personal ni lugar. Algunos se lo tomaron mal, empezaron a formar sus propias organizaciones. Nunca llegaron tan lejos como nosotros. Comenzaron a intentar tirar abajo lo que habíamos logrado, querían convertir a Aires en un lugar en el que no se podía vivir.
               El Capitán tamborileaba, con sus dedos, la mesa del despacho, impaciente. Él había llegado a la Ciudad en el tercer año de vida de la misma, y no sabía muchos de estos detalles. La Gobernadora parecía no querer seguir.
—Cuando el sol dejó de girar, cuando su luz comenzó a darnos la espalda, fuimos testigos de la transformación de algunas personas. Los más fuertes sobrevivimos. Muchos se suicidaron, incapaces de soportar el caos. Ahora, de los que sobrevivimos, no todos pretendían hacer las cosas bien. Algo en ellos había cambiado. Se formó un grupo de asesinos. Un grupo de enfermos, sádicos, que arrasaban con todo ser humano que veían. Habíamos vuelto a la barbarie. Todos, y digo todos, estábamos en peligro. Aires también lo estaba.
               Hizo una pausa. Continuó con lentitud.
—En ese momento, Aires gozaba de una sola entrada y salida. Cuando aparecieron estos sádicos, supimos que teníamos que hacer algo. Nos rendimos, pero diciendo que queríamos hablar con el que estaba a cargo. En una reunión a puertas cerradas, el Gobernador propuso nuestra seguridad a cambio de...vender información: localizaciones y datos de pueblos sin importancia. Pueblos que, al entrar en el radar de estos enfermos, tenían un único final posible. Dejaban de existir.
               Cránade sintió un revoltijo de emociones en su interior; sorpresa y admiración por el difunto Gobernador, nostalgia y tristeza por sus primeros años sin sol y la pérdida de su familia, ira hacia aquel grupo de asesinos sin razón. No por los pueblos masacrados, sino por osar enfrentarse a su Ciudad.
—No sé cuánta gente de los pueblos murió asesinada por ellos, pero sé cuántos de mis ciudadanos lo hicieron: ninguno. Y quiero que siga siendo así.
               Clara pensó muy bien sus siguientes palabras.
—Ahí es donde entrás vos.
—¿Qué?
—El trato sigue en pie, Cránade. Fue así durante todos estos años. Máximo nunca lo supo. Mi esposo y yo éramos los únicos, además de una patrulla que lo acompañaba cuando debían reunirse. ¿Te acordás de la semana que pasó todo el quilombo del hijo de Máximo? ¿Que el Gobernador llegó al segundo o tercer día? Se había ido a recolectar información.
               El Capitán dudó unos instantes.
—¿Vos esperás que yo vaya a hablar con estos tipos?
—Sí.
—Esperás mal, entonces.
—¿Perdón?
—No voy a hacerlo, Clara. Andá vos.
—No puedo. No hay mujeres en su grupo. No nos toman en cuenta. Nos creen inferiores tengo entendido. Tenés que ir vos.
—Es una lástima, entonces.
               Esto salía de sus planes. Cránade se había negado. Nunca se le había pasado por la cabeza esta posibilidad.
—Es una orden. Soy tu superior.
—Tengo una idea mejor.
—No necesito ideas. Necesito que hagas lo que te pedí. No quiero que muera ningún ciudadano. Ninguno.
—Cuando uno entra en las Fuerzas Defensoras hace un juramento. Juramos defender este lugar con nuestra vida, de ser necesario. Clara, tenemos un ejército. No sé cuántos serán, pero somos más. Estoy seguro. Estamos entrenados. Y tenemos un propósito. Un propósito verdadero.
—¿¡Y qué pensás hacer!?—dijo Clara, asustada.
—Los voy a hacer mierda. A todos.

martes, 30 de diciembre de 2014

Capítulo 13 - Siempre dicen la verdad

               Anahí Maner volvía a su casa luego de una jornada laboral. Se encontraba exhausta, hace varios meses la Ciudad se había convertido en un caos: el asesinato del Gobernador provocó un revuelo enorme. La desaparición de Máximo Cántero también. Lo creían rehén, retenido en algún pueblucho, en penumbra, mientras sus secuestradores pensaban qué hacer con él. Las Fuerzas Defensoras y ambos Consejos trabajaban sin descanso; ningún crimen quedaba sin resolver, las patrullas rondaban las calles como nunca antes, y todos los días salían pelotones hacia las afueras de la Ciudad en búsqueda del Capitán. Pero volvían con las manos vacías, tan vacías como ese lugar en el alma donde se guarda la esperanza: la esperanza que tenían los habitantes de encontrarlo.


               Máximo se encontraba a oscuras, como rehén, pero estaba en una de las Celdas de la Espera, aguardando la decisión de Clara, o Cránade, o ambos. Quizás el Consejo Mayor entero estaba entrado de su situación. Era imposible saberlo. 

               No tenía nada que perder, su hijo ya no se encontraba en este mundo, (aunque solía escucharlo cuando cerraba sus ojos), había sido reemplazado en su puesto de trabajo (permanentemente) y, si lograba escapar, sería para vivir una vida de vagabundo. Los más altos cargos de una Ciudad habían sido atacados, uno muerto, el otro desparecido, y lo más obvio que podía hacer Clara era dar la alarma a las demás ciudades. Claro que corría un riesgo: si Máximo lograba escapar, podía contar la verdad a las autoridades de otras ciudades y crear un problema bastante incómodo. Al parecer, confiaba en los encargados de la vigilancia del ex-Capitán. De todas formas, si sobrevivía, debía mantenerse alejado de toda autoridad.

               Aún así, la idea de la muerte lo aterraba completamente, borraba todo rastro de tranquilidad en su cuerpo y  llenaba sus pulmones de aire que asfixiaba. Todo era mejor que la muerte.

               Anahí estaba cerrando la puerta de su departamento cuando vio a su hija correr a recibirla con un abrazo. La niñera era una mujer joven, que trabajaba cobrando menos de lo que debería. Era amiga de Ana. Luego del abrazo madre-hija, se saludaron con amabilidad.
               Soledad prácticamente vivió allí durante los últimos meses. Sol, la hija de Ana, la veía como una segunda madre. Comenzó siendo una niñera común y corriente, empezando a trabajar cuando Ana tomó el trabajo en el Consejo, pero luego se volvió indispensable en la familia Maner.
—¿Cómo te fue hoy?—dijo Soledad.
—Igual que ayer. Tratando de hacer las cosas bien. El problema está en si lo hago o no.
—¿Pasó algo en especial?
—Nada, lo mismo de siempre. Quieren culpables a toda costa. La gente del pueblo, las víctimas de los robos, quieren ver a alguien encerrado. Alguien muerto, si son más cínicos. Creo que inconscientemente saben que hicieron caer a un gil cualquiera, los del Consejo estoy seguro que sí, pero nadie abre la boca. Si seguimos así, en unos años vamos a ser veinte habitantes en todo Aires.
—Poco a poco vamos cambiando las cosas.
—Demasiado poco diría yo. 
               Sol se había ido a la pieza. Reconocía cuando debía retirarse. "Son cosas de grandes", le habían dicho una vez.
—Las cosas no van a quedar así, Ana.
               Salieron al balcón. 
              Enfrente del departamento se encontraba el lugar que, en algún momento, fue el hogar de Dante Pardo.
—¿Nada nuevo de tu parte?—dijo Anahí.
—Es posible. Por ahora no está nada confirmado. 
—Preferiría no saberlo, entonces. No quiero falsas esperanzas.
—Está bien, como quieras.
—Lo único que podemos hacer es esperar, ¿no?
—¿Qué?
—Me pareció raro que no lo hayas dicho. La frase esa. La decís siempre, no sé si te diste cuenta.
—Estaba esperando un poco más para decirlo.
               Ana estaba cansada de esperar. Quería actuar. Estaba cansada de ver pasar a la mentira, a la injusticia, a los secretos, por delante de sus ojos. Soledad era más cauta. La madre de Sol había esperado demasiado. Parecían haber pasado años desde que Soledad le contó lo que había dicho su hija. La Gobernadora había salido a aclarar que Dante había sido asesinado por un NN, pero ella sabía la verdad, sabía que una patrulla de las Fuerzas había irrumpido en su casa. Sabía que alguien había logrado escapar. Sabía que las Fuerzas Defensoras (quizás el gobierno entero) andaban en algo sucio. Cuando Soledad le informó de la existencia del Frente de Resistencia, ambas decidieron comunicar lo sucedido. Parecía haber pasado un siglo desde que comenzó a trabajar en el Consejo como infiltrada. Desde que formó parte de la creación del plan para destituir a Clara y a Cránade del Gobierno de Aires.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Capítulo 12 - Ayuda


               La mesa parecía una representación física de la ironía.

               De un lado de la misma se encontraba Máximo. Del otro lado, Clara. Clara y su escopeta.
               La separación, es decir, el espacio entre ellos, era algo ficticio. Algo irreal. No podían estar mas cerca entre sí.
—Tenés un minuto para contarme todo— dijo Clara. Su tono era seco, sin denotar emoción alguna.
—Necesitaba hablar con él, a solas. Sabía que no me esperaba.
—Tenías razón.
—Supuse que la conversación iba a ser algo...acalorada. No quería interrupciones. Era algo que debía hablarse sin cortes, de un tirón. Y era importante estar a solas.
               No estaba mintiendo: tal vez estaba omitiendo hechos, pero nada inventado había salido de su boca. Crear una historia totalmente falsa habría sido mucho mas difícil, todavía se encontraba ebrio y su cabeza no paraba de latir. Estar concentrado en sus futuras palabras era su máxima prioridad.
—Me creía capaz de intuir la reacción del Gobernador. Iba a asustarse, a intentar alejarse de mi. Pensé y pensé hasta que supe dónde podía encontrarlo para hablar tranquilos. Primero pensé en la biblioteca.
—Conocés cada rincón de la casa. Me había olvidado de ese detalle.
—Sí.
—Tu función era protegerlo. Protegernos.
—Lo sé.
—Asesinado por su protector. Quién lo diría.
—Supongo que no voy a ser el empleado del mes, ¿no?—dijo él, sarcástico.
               No pretendía ser gracioso. Tampoco lo había sido. El rostro de Clara se había convertido en una roca, y su paciencia estaba abriendo la puerta de la Sala Principal, decidida a abandonar el salón.
               La cabeza de Máximo estaba en llamas. Debía concentrarse, pero el mareo golpeaba como una ola gigante a un barco indefenso en medio de una tormenta. No podía tener otro traspié. Volver a equivocarse no era una opción.
—Era difícil encontrarlo en la biblioteca. Estamos en plena madrugada. Después pensé en la terraza. Pero talvez había algún que otro guardia fumando o perdiendo el tiempo. Decidí esconderme en el baño, y esperar. 
—Sí...
—Cuando entró, sus ojos se abrieron de par en par. No intentó mediar palabra. Se abalanzó sobre mí, forcejeamos y caí al suelo. Intenté hablarle pero no contestaba. Estaba ciego, de furia, de terror, no lo sé. Me incorporé rápido, y, para cuando se abalanzó sobre mi, yo ya había sacado la espada. Tenía que protegerme. Términó clavada en su pecho.
—¿Dijo algo él?
—No. Nada.
—¿No tenés nada mas para agregar?
—Sí. Fue un accidente. Y que no quiero morir, por favor. Si es posible.
               Clara entró en modo decisión. Máximo lo notó en su rostro, era una expresión que reconocía de las reuniones del Consejo Mayor. Se quedaba en silencio y esperaba a que todos hablaran antes que ella. Esperaba al silencio, al agotamiento de ideas, generalmente decía la última palabra. Era una mujer inteligente. Eso había beneficiado a la Ciudad hasta ahora, pero a Máximo no le gustaba en estos momentos: sabía cuál sería la decisión de una mujer inteligente. Una mujer inteligente lo asesinaría.
               No sería de un escopetazo ahí mismo. Sería una ejecución, nada demasiado formal, a puertas cerradas, talvez esta misma noche. Máximo tenía una idea de la relación entre ella y el Gobernador, no eran capaces de matar por amor. Cántero no había matado a su marido, había matado al Gobernador de la Ciudad de Aires. Y ambos eran capaces de matar por ella.
               La escopeta miraba al Capitán, recostada sobre la mesa con expresión relajada.
—El pueblo —dijo Clara— no lo puede saber. La gente común no lo puede saber. Sería un desastre que se enteren de esto. "Los altos cargos de la Ciudad se están matando entre sí". Esto no sale de acá. 
               Era extraño. Por un momento, Máximo pensó que estaba hablando en tono interrogante, haciéndolo partícipe de lo que decía hacer, dándole lugar en la opinión. Vio la esperanza de sobrevivir una noche más. 
               Parecía oír el mismo tono de voz que en las reuniones del Consejo.
               Clara abrió los ojos de par en par. Se había percatado de algo.
—No podés morir. Ahora sos el Gobernador de Aires.
               Máximo se sorprendió. Respiró profundamente, y el oxígeno que entró en su cuerpo lo tranquilizó. 
—¿Qué hacernos con el cuerpo y qué comunicamos al resto de los mortales?—agregó ella.
               Respiró profundamente, por segunda vez. Pensó en su hijo, en la justicia, en miles de cosas y en ninguna en particular. Pensó que estos últimos 8 dias habían sido los peores de su vida, pero finalmente encontraba algo de luz.
               Pensó. Su cabeza seguía dando vueltas, pero la tranquilidad que le brindaron las palabras de Clara sirvieron para concentrarse.
—Podemos decir que viajó. Comunicamos que salió de viaje. Había conflictos en las fronteras, otra vez, como hace una semana. Después emitimos un comunicado, explicando que los atacaron y él no volvió.
—¿Los atacaron?
—A su pelotón.
—Eso significaría involucrar a más gente. —Salió solo, a medianoche. Cuando salieron a buscarlo los guardias, ya estaba muerto.
               Clara consideró la idea. 
—Vos te encargás de llevar el cuerpo—agregó ella.
—No hay problema.
—Llevá un carromato. 
—¿Ahora tiene que ser?
—Ya.
               El Capitán de las Fuerzas Defensoras tuvo una idea. Pensó en escapar. Dejar todo atrás. Comenzar una nueva vida, alejada de la Ciudad de Aires, la más importante en estos dias, la que tanto le costó formar. En el camino lo decidiría, tenía varias horas de viaje hasta llegar al lugar de los conflictos en las afueras de Aires.
—Antes de la diez de la mañana te quiero acá—dijo Clara.
               Máximo asintió.
               Respiró profundamente. El mareo era controlable. Los nervios comenzaban a abandonar su cuerpo. Después de tanta oscuridad, había logrado encontrar algo de luz. Quizás no era necesario escapar, quizás todo se estaba encaminando naturalmente, quizás la tormenta ya había pasado. Vio un futuro tranquilo. La última semana parecía haber durado meses, meses de sufrimiento y dolor. 
               Se levantó de la mesa. 
               Caminó hacia la puerta. 
               Todo estaba bien, todo estaba en calma. Todo estaba demasiado bien. 
               El silencio era voraz. Su mano derecha encontró el picaporte frio de la puerta. Sintió que le había dado corriente.
               La puerta, al abrirse, rechinó con bravura.
               Máximo se giró hacia su izquierda, antes de salir, para dirigirle una última mirada de agradecimiento a Clara. Un gesto formal y necesario. Ella, tranquilamente, estaba en todo su derecho de matarlo ahí mismo. Y no lo hizo. Quizás por los momentos vividos, quizás en beneficio de la Ciudad, quizás porque no era lo suficientemente fuerte como para acabar con la vida de una persona. En fin, era lo menos que podía hacer. Pero ella no estaba a allí. Estaba detrás suyo.
               Cuando el Capitán lo notó, ya era demasiado tarde. Ella le propinó un golpe con la escopeta y Máximo cayó al suelo, desmayado.
              Cránade se encontraba del otro lado de la puerta.
—Máximo Cántero, estás bajo arresto— dijo.
—Y gracias por la ayuda, Máximo —agregó Clara.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Capítulo 11 - Tenemos que hablar

                La cera de las velas se derretía con la lentitud de alguien que espera algo que no va a pasar. 
                Una resurrección, por ejemplo. 
                La sangre se extendía por el blanco piso del baño del hombre muerto. Sin saberlo, hace unos instantes y hasta quién sabe cuándo, los habitantes de la Ciudad estaban viviendo en anarquía. Máximo dejó caer la espada y logró realizar una acción que no había hecho en las últimas horas: pensar con claridad. ¿¡Qué había hecho!?
                Con esfuerzo, puso al cadáver dentro de la bañera, para evitar que la sangre pase por debajo de la puerta y sea capaz de alertar a cualquier guardia que camine cerca de allí. Costó, y mucho, el Gobernador no era una persona delgada, estaba bastante lejos de serlo. 
                Ahora ya no era nada. 
                Debió mantenerse aferrado a la pared, sus piernas parecían tener ganas de ceder. Se mojó la cabeza y miró al espejo durante unos segundos. ¿Qué iba a hacer ahora? Seguía sintiendo un leve zumbido en sus oídos; su corazón latía con la fuerza del galope del caballo más veloz del mundo corriendo por su vida. Se miró, pero, en el reflejo, no se encontró. ¿O si?
                Había asesinado a un hombre. Un hombre que, en algún momento del pasado, fue su compañero, su amigo, su conciencia, su aliento. Su estructura. Hace siete días atrás, cuando se quedó de brazos cruzados y mirando desde lejos, cuando decidió no intervenir en el conflicto de su hijo, ocurrió una metamorfosis. Desde ese momento, el Gobernador se convirtió en otra cosa. Se convirtió en asesino, en ladrón de felicidad, en ciego a elección. Su presencia no era más que un recordatorio de un futuro que no va a ser y cada palabra suya era un obstáculo para su no-pensar: se había convertido en un traidor. Y los traidores merecen morir. ¿O no? 
                Rompió en llanto. Su cabeza se partía en dos, se abría al medio y afloraban tantos sentimientos a la vez que ninguno se podía separar y distinguir con claridad, se unían y fundían en una mezcla extraña, densa, incomprensible. Una mezcla oscura.
                Volvían las dudas, como olas de un mar intranquilo, férreo, que amenazaba con inundar la ciudad. ¿Qué decir? ¿Qué decirle al Consejo Mayor? ¿Qué decirle a Clara? ¿Qué decirle al pueblo? Había roto aquellas reglas que no se podían romper y seguir todo igual, aquellas en las que había creído hasta hace unos momentos atrás, aquellas reglas que se había impuesto él mismo. Máximo Cántero era un asesino. Máximo Cántero era un asesino, pero era inteligente, y entendía qué era lo peor. Lo peor no era haberse emborrachado. Lo peor no era haber entrado en la casa del ex-Gobernador. Lo peor no era asesinar a quien había sido su amigo; esconderse en su baño, aguardar, y asesinarlo. Lo peor podría haber sido la muerte de su hijo; podría, pero no. Lo peor no fue clavar la espada en su pecho, vaciarle el alma, baldear el suelo con su sangre y pisarla hasta manchar sus propios pies. Lo peor de todo es que no se sentía mal por hacerlo.
                Rompiendo el silencio, sucedió algo que lo arrancó de su nebulosa mental: escuchó pasos del otro lado de la puerta. 
                ¿Los soldados? Eran sus subordinados. ¿Clara? Ella sí era un problema. Clara era un problema de los grandes, no solo por ser la mujer (viuda) del cadáver dentro de la bañera, también era una persona inteligente. Máximo pensó qué debía hacer con ella; en realidad, pensó si debía asesinarla o no, pero esto último quedó en segundo lugar en el podio de sus prioridades mentales; existía algo de lo que no se había percatado. Los soldados no eran sus únicos subordinados. Aquel que le seguía al cargo de Gobernador, aquel que debía asumir cuando este muriese, era el Capitán de las Fuerzas Defensoras. Todos eran sus subordinados. Todos estaban bajo su poder. 
                Máximo Cántero: mal padre, asesino, y actual Gobernador de la Ciudad de Aires.

                Los pasos se desvanecieron.
                Lavó sus manos y su cara, ambas repletas de sangre. El uniforme se había pegado a su piel y sus piernas parecían tener que soportar una tonelada sobre ellas. Tomó su espada y la limpió también. Respiró, trató de calmarse, se habló a sí mismo dentro de su cabeza. Pero la voz que escuchó no provino de su cabeza.
—No trates de hacer nada raro. Tenés diez segundos para salir. 
Clara estaba del otro lado de la puerta, con una escopeta en sus manos.
                Máximo no respondió. 
                Silencio. 
—Diez—dijo ella. 
                La cabeza de Máximo empezó a trabajar con todas sus fuerzas. ¿Debía agarrar la espada?
—Nueve. 
                No. ¿Estará sola?
—Ocho. 
                No podía saberlo. ¿Qué debía decir?
—Siete. 
                Fue un accidente. 
—Seis. 
                Sí. Fue un accidente, estaba en shock y todo pasó muy rápido.
—Cinco. 
                Estaba demasiado en shock.
—Cuatro. 
                ¿Iba a morir?
—Tres. 
                No tenía interés en hacerlo.
—Dos. 
                Ningún interés. 
—Uno. 
                Máximo abrió la puerta con lentitud, y luego levantó sus manos. Evidentemente, era Clara, y tenía una escopeta.
—Caminá despacio—dijo la mujer. 
                Ella retrocedió, él la siguió, dando un paso cada dos segundos.
—¿Está muerto?—agregó.
—Las cosas salieron mal. Nunca fue mi intención. 
                La conversación era pausada. El silencio invadía rápidamente todo el lugar, llenando cada espacio, cada rincón.
—Dame tu espada. 
—Está en el baño. 
—¿Hiciste todo con tu espada? 
—Sí. Fue un accidente. 
—Me imagino. 
                Clara no creía en las mentiras de Máximo. 
—¿Qué vas a hacer?—dijo él. 
—¿Qué? 
—¿Qué vas a hacer conmigo? 
—Estoy considerando las posibilidades. 
—Podés hacerlo sin apuntarme. 
—¿Es una orden? 
—Era una pregunta. 
—Mi respuesta es negativa, Capitán. 
                No había soldados en ningún lado. No se percibía ningún tipo de movimiento. No se oían pasos. Era extraño. ¿Dónde estaban todos? 
                Una gota de sangre del brazo del Gobernador cayó al suelo, creado un sonido leve, casi imperceptible, pero suficiente para interrumpir el silencio ensordecedor. 
                Máximo se sorprendió. Clara ni se inmutó.
 —Tenemos muchas cosas para hablar, Máximo—dijo Clara—. Y tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo. Mucho tiempo. Hasta que salga el sol. 
                Se dirigieron a la Sala Principal.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Capítulo 10 - "Y allí me refugiaré"

                En algún lugar dentro del mundo de los vivos, un nuevo sol se asomaba. Un sol irreal, ficticio, pero sol al con. El cielo negro y, anteriormente, muerto, estaba poblado de soles irreales, la mayoría de ellos pequeños, lo que le daba a éste algo especial. Eran difíciles de distinguir, la oscuridad atenuaba la luz de los mismos, pero aquellos que miraban con especial atención podían encontrarlos ahí. 
                Las nubes, como agujeros negros que absorbían la claridad, eran incapaces de atenuar la luz de este nuevo sol; pero se encontraba bajo peligro. Existía algo que lo podía destruir: una lluvia. No una lluvia común y corriente, sino una lluvia que nace desde el suelo y se eleva hasta lo más alto, arrasándolo todo a su paso.
                


                Una bolsa de nylon era arrastrada por la calle. No tenía rumbo alguno, no tenía vida propia; el viento se había apoderado de ella y sobrevolaba entre los edificios y las casas de la Ciudad. El Capitán de las Fuerzas Defensoras la vio pasar por delante de la puerta de su casa, mientras intentaba despejarse, perdiendo el tiempo en su terraza. ¿El tiempo? Como arena en sus manos. ¿Dormir? ¿Qué es eso ahora? Lo sabía. Hoy era el día. Tenía los ojos cansados, ojeras que parecían tatuadas y un dolor de cabeza de magnitud gigantesca, adormecedor. Con movimientos arrastrados se dirigió hacia el interior de su hogar, donde miró su reloj. Decidió que era hora de cambiarse y dirigirse hacia el centro de operaciones. ¿Era posible pensar teniendo la cabeza en mil pedazos?

                La tarde de trabajo fue un suplicio. Escuchaba las palabras vacías de personas sin problemas y se sentía ajeno a la realidad. Veía el movimiento lento de humanos que parecían no moverse nunca más; sus bocas y gestos, víctimas de la vida sin sol. Todos aquellos que abrían su boca y pedían una solución parecían tener el mismo rostro, la misma voz... y la misma luz: ninguna luz. No era el mejor día en la vida de Máximo Cántero, porque Máximo Cántero parecía no estar vivo. Era material para pesadilla del peor guión. Hola, qué tal, ¿cuál es su nombre y su problema? El mío es Máximo Cántero. Mi problema es la muerte, y no tiene solución. Las preguntas iban y venían; todos lo miraban con expresión lastimosa, lamentándose por él. Hablaba en un tono sin vida, mientras dirigía su mirada hacia el suelo, evitando cualquier contacto visual. Los días anteriores había vivido en modo automático, pero hoy debía enfrentar la realidad, y la realidad era un choque de continentes desconocidos, antaño separados por océanos gigantes, provocando sismos capaces de eliminar el planeta entero.
                Poco a poco, como gotas de lluvia -ácida- inundando un callejón vacío, el tiempo pasó. La gente ya había entrado y salido de sus casas, ya había transitado las calles, ya había pisado el asfalto de la Ciudad y respirado el aire ya-no-tan-contaminado. Nadie parecía moverse por sí mismo, todos parecían ser movidos por una fuerza mayor, como piezas de ajedrez; un tipo de ajedrez en el que era imposible ganar una partida. Hoy, Juan Cántero debía ser castigado.
                La Celda de la Espera no era una sola celda. La información que el pueblo conocía no era nada precisa, mucho menos su ubicación. Eran cinco celdas (los castigados nunca llegaban a saber esto) repartidas alrededor de las afueras de la Ciudad. Esto era así, en parte, con el objetivo de que siempre haya una celda vacía, pero también por motivos de seguridad. Al ser ignoradas por los ojos del pueblo escatimaban en recursos para protegerlas, es decir, nunca había más de dos guardias por celda, y solo se encontraban allí con la finalidad de evitar el escape del prisionero. Solo unos pocos integrantes de las Fuerzas Defensoras conocían la ubicación de las cinco celdas: aquellos que ocupaban un cargo bastante alto, aquellos en los que se podía confiar plenamente. Máximo las conocía.
                El Capitán de las Fuerzas Defensoras volvió a su hogar, luego de una tarde de trabajo. Si alguna persona le preguntaba qué había hecho en las últimas horas, no hubiera sabido qué responder. Tomó un café con la soledad y esperó a que pase el tiempo. Algunas lágrimas mojaron la mesa.
                Debía ser una ceremonia sencilla.
                Hombres y mujeres se amontonaban delante del Obelisco. Una patrulla enfilaba hacia una de las Celdas de la Espera (la única ocupada). Incluso los pájaros habían detenido su vuelo para dedicar toda su atención al evento por suceder; detectando cada movimiento. El viaje era largo y la patrulla debía pasar desapercibida el mayor tiempo posible, con la intención de evitar problemas en el trayecto. El suelo desgastado de las calles de la Ciudad hacía vibrar al carromato, levantando polvareda a su paso. Dentro del mismo, dos soldados con frentes sudadas, miradas sin cruzarse y ninguna palabra pronunciada en particular. Media hora después, llegaron. Cargaron al vivo-muerto y volvieron. 
                Vallas de seguridad, blancas como la pureza, separaban a la plataforma protagonista del evento, donde sucedería toda la acción, de las personas; de los curiosos, los morbosos, y algunos pocos (la minoría) que se dirigían allí en busca de un acto de justicia. La situación entera y su atmósfera correspondiente se podían definir en una simple oración: Miles de ojos vampiros a la espera. 
                El obelisco, a espaldas de la plataforma, parecía algo vulgar.




—¿Estás preparado, Máximo?
—¿Y vos?
—¿Yo qué?
—¿Estás preparado para arruinarme?
                El Gobernador no se inmutó. Respondió, impasible.
—Hay cosas que se tienen que hacer. Hay cosas que son irreversibles.
—Estás haciendo algo increíble. Algo difícil. Estás haciendo que las palabras tengan el mismo peso que el aire.
—No empecemos. 
—Vos fuiste el que empezó.
—No, tu hijo empezó.
                El carromato que trasladaba a Juan Cántero se encontraba cada vez más cerca.
—Después de esto no podemos seguir jugando a ser amigos.
—En algún momento quisiste que el lema de las Fuerzas Defensoras fuera "La noche me aguarda, y allí me refugiaré". Terminamos a las piñas. 
—No cambies de tema.
—A lo que voy es que sé que no sos de quedarte cruzado de brazos. Espero que no hagas ninguna estupidez.
—No te preocupes, no voy a hacer ninguna estupidez.
—No creo que sea necesario vigilarte, ¿no?
                Alguien golpeó la puerta e ingresó a la Sala Principal. Se dirigió, de manera excesivamente formal, hacia el Gobernador.
—Ya está todo listo.
                Por ley, el Capitán de las Fuerzas Defensoras debía transportar al prisionero hacia el obelisco. La ironía golpeaba violentamente el rostro de Máximo Cántero, haciéndolo sangrar.
                Salió del hogar del Gobernador y se dirigió al carromato, pero padre e hijo no podían comunicarse. La única conexión existente ocurrió mientras subía al carromato; fue una mirada fugaz, húmeda y arrasadora, efímera y eterna a la vez. Encerraron al universo en un puente visual y pedían al tiempo, le rogaban, quedarse ahí. Pero nada mágico sucedió. Máximo subió al carromato sabiendo que era la última vez que vería a su hijo con vida. La impotencia consumió su cuerpo en un segundo, sintió que podía llegar a perder el control. Emprendió el corto viaje hacia el obelisco. Cuando llegó a destino, dándole la espalda al evento, Máximo salió corriendo. Corrió porque sí, porque tenía todas las razones del universo, del universo oscuro y abandonado, porque podía, porque era lo único que podía hacer, porque, en el caso de ser posible, le hubiera gustado llegar al borde del planeta y observar la galaxia, las estrellas y todo lo demás, olvidándose que al único lugar donde llegaría, sería al mismo punto donde empezó. Hay cosas que son irreversibles. Corrió haciéndose camino entre los curiosos, los ojos-de-vampiro, los que acudían al evento sin saber qué pasaba, a contramano del mundo. Corrió hasta entrar a un bar.
                Juan Cántero estaba atado a una silla sobre la plataforma, una suerte de escenario para el evento a suceder. El Gobernador, megáfono en mano, habló.
—Estamos en presencia de un acto de justicia. La justicia no tiene límites, y en nuestra Ciudad, se aplica de igual manera para todos. El hombre sentado a mis espaldas no es un ladrón cualquiera, es el hijo del Capitán de las Fuerzas Defensoras, como ustedes sabrán. Pero no solo es "hijo de", también es un asesino.  
                Se creó un leve murmullo entre el público. 
—Estamos en presencia de un acto de justicia.
                Una especie de telón apareció en el escenario. El Gobernador se ubicó delante del mismo, dejando al verdugo y a Cántero hijo a solas, invisibles; y pasó lo que tenía que pasar.



                Madrugada fría, seca. La gente común dormía en sus camas, manteniendo una vela prendida y con fuego calentando su habitación. Algunos durmieron felices, otros no tanto, pero muy pocos ignoraban la noticia actual destacada: el hijo del Capitán de las Fuerzas Defensoras estaba muerto.

                Sentado el banco de madera más astillado, en el rincón menos iluminado, en el bar más alejado del obelisco, se encontraba Máximo Cántero. Una mosca daba vueltas alrededor de su cabeza. Su vaso se vaciaba y se llenaba a los pocos minutos.
                Hombres y mujeres entraban y salían del lugar, ignorando su existencia y la explosión del universo. Reían, se besaban, conversaban, llenaban silencios incómodos con palabras estúpidas y se sentían bien. La mosca seguía allí.
                Juan Cántero estaba muerto. El mundo seguía allí. Y eso lo enfermaba. ¿Cómo continúa esta historia? ¿Por qué el mundo sigue igual, impasible y ciego? ¿Por qué Juan había asesinado a alguien? Un ejército de preguntas abrió fuego contra su cerebro, fusilando, a la vez, a su corazón. Pensó en la vertiente de casualidades que conformaban al universo y meditó durante unos minutos, retorciéndose cada vez más dentro de una espiral de preguntas sin responder y respuestas sin sentido. Los minutos se habían convertido en horas, y cada último vaso se convertía en un el próximo. 
                Máximo no se quedaba cruzado de brazos. El Capitán de las Fuerzas Defensoras salió del bar. 
                Pensaba hacer algo que ya había hecho en el pasado, pero con una leve modificación de los hechos. Esta vez, la ironía jugaba para su equipo, e incluso parecía llevar la cinta de capitán. Caminó a paso lento pero decidido, intentó evitar tambalearse y lo consiguió. Saludó con la cabeza a quien fuera necesario y dejó mostrar algunas de las sonrisas más falsas logradas en toda su vida. Entró al lugar como si estuviera en su propia casa, rodeado de conocidos y subordinados, pero ningún amigo. Conocía cada rincón, cada ruido y cada rutina de vigilancia, aunque esto era innecesario: su estadía allí era más que aceptada. Era partícipe y protagonista de una situación irónica pero las sonrisas verdaderas estaban en el sótano de su cabeza, hoy; se encontraba tan solo como se podía estar. Se escondió y esperó. Hay cosas que son irreversibles. 
—¡¿Qué hacés acá?!— dijo el Gobernador, después de ingresar al baño y encontrarse con Máximo Cántero. 
—La justicia no existe y el mundo es un quilombo— dijo Máximo. Acto seguido, su espada atravesó el pecho del Gobernador de la Ciudad de Aires.
                "La noche me aguarda, y allí me refugiaré", repitió reiteradas veces.