miércoles, 7 de enero de 2015

Capítulo 15 - Preparando el terreno

              "Estamos locos" pensaba Ana todas las mañanas, cuando salía al balcón unos segundos y miraba las calles de la Ciudad. Las patrullas de las Fuerzas Defensoras avanzaban con precisión casi coreográfica, como si fueran actores de una película. Quién sabe qué tan rápido responderán, qué tan fieles serán, qué difíciles de vencer, qué tan difíciles de gobernar. Las preguntas formaban una nube en su cabeza que ella disipaba tomándose un café. El primero del día (noche).
               El Frente de Resistencia existía desde la muerte del difunto Gobernador. Fue creado por un grupo de personas que perdieron la confianza en el Gobierno en algún momento del pasado, y lo ocurrido fue el disparador necesario para unirlos. Se mantenían ocultos, su lugar de reunión y sus reuniones se realizaban en secreto, no sabían cómo reaccionaría el Gobierno si se enterase y tampoco querían saberlo. No eran más de mil, sin preparación para combates, sin ideas acerca de estrategias de guerra, algunos siquiera sin estado físico. Lo que tenían era impotencia, iniciativa, inteligencia. Y también tenían a una infiltrada en el Consejo, que colaboró en la creación de un plan para destituir a Clara y a Cránade del poder.
               Su hija se despertó y la saludó en modo automático, portando en su rostro las marcas del colchón. "Estamos locos. Es una ventaja. Nosotros estamos locos, pero ellos están muertos", pensó.
               Miró su reloj. Tenía tiempo. Se bañó durante largo rato, intentando eliminar sus nervios, o esconderlos hasta que lo único que tenga que hacer sea esperar. Para actuar necesitaba tener su cabeza en blanco. Hoy le esperaba un día laboral agitado, más que de costumbre. Se preparó con pulcritud. Su hija la observaba maquillarse, denotando asombro infantil. Cuando terminó, el ruido del timbre rompió el silencio. Seguido de un ring, luego de unos segundos, sonaron otros tres. Al cabo de unos minutos, Soledad entró en el departamento.
—¿Estás lista, Concejala? —dijo, en tono irónico, la niñera.
—Siempre. Como los boy scouts.
—Escuchame, boy scout, todo va a salir bien.
               Ana se sintió desnuda. ¿Tanto la había vendido su tono de voz? Intentó fijar las palabras de Soledad en su cabeza, como para restarle dificultad al asunto del que debería ocuparse más tarde. Las repitió un par de veces. Casi se las creyó.
               Sol apareció corriendo y saludó con un abrazo y un beso a su niñera, dejando una mancha de labial en el cachete de esta última, evidenciando que no había aparecido antes por estar jugando con la cartera de su madre. La madre, antes de salir, se despidió con ternura. De ambas.
               Anahí llegó al Salón del Consejo mucho antes que sus compañeros. De todas formas, se iría antes de tiempo.
              
               En el Centro de Comunicaciones, el lugar donde se realizaban los pedidos al Gobierno, reinaba un ambiente extraño. Apenas había movimiento, y esto contrastaba con lo ocurrido en los últimos meses. ¿Dónde estaban todos? Las paredes miraban, expectantes, al vacío salón. Los soldados de las Fuerzas Defensoras cruzaban miradas de interrogación, como si alguno de sus compañeros tendría la respuesta. Hace varios minutos se había iniciado la jornada laboral, estaban abiertos a reclamos, y si había algo que le gustaba al argentino era quejarse.
               Pasada la media hora, una persona ingresó. Luego, otra. Detrás de ellos, otras dos. Y, luego, detrás de ellos, una multitud irrumpió en el lugar. Los soldados se miraban, extrañados. No entendían qué pasaba. Los sobrepasaban en número. Se ubicaron cubriendo la salida y gran parte del salón. Un hombre se adelantó, aparentando ser el líder. A la vez, uno de los soldados que se encontraban en la puerta se retiró.
—Venimos a pedir algo que pedimos varias veces. La diferencia está en que, esta vez, lo vamos a conseguir.
—Parecen muy convencidos —respondió Cránade.
—Lo estamos. También estamos un poco cansados, Capitán.
—Lo entiendo.
—Ahora me entiende. ¿Las anteriores veces no me entendía? Venimos una vez al mes, desde hace meses, a quejarnos. Pero veníamos de a uno, de a dos. Ahora nos van a tener que escuchar. No podemos seguir viviendo así. Las peleas son insoportables. Todos necesitamos nuestro espacio. Y más en nuestra propia casa.
—Los entiendo.
—Bueno, haga algo.
—No.
—¿Cómo?
—Digo que no. No es el momento.
               Un murmullo recorrió el lugar y se acrecentó con el correr de los segundos. Los ojos parecían quemar.
—¿Por qué?
—Estados ocupados con otras cosas.
—¿Qué es más importante que el bienestar de la población, según ustedes? Nada.
—No puedo decirlo.
—Capitán, todos sabemos que no va a llover. No sé quién tuvo esa idea. Lo único que queremos es vivir tranquilos, en nuestras casas, sin ningún desconocido. Después de tantos meses siguen siendo desconocidos. No tenemos interés en conocerlos. Queremos una respuesta hoy. El acuerdo de prevención fue una mentira.
—Por más que acepte, sería complicado el proceso. Necesitaríamos a alguien del Consejo que colabore con la elaboración del plan. Luego, transmitirlo al Consejo Mayor. No depende de nosotros. En ambos Consejos se encuentran ocupados.
—Desocúpelos.
               La poca paciencia de Cránade se empezaba a agotar. ¿Quién era ese hombre para presentarse allí y mandar así?
—¿Quién sos?
—¿Qué?
—Nada. Escuchá. Esto es simple. No podemos hacer nada. Vuelvan mañana.
—No nos vamos a ningún lado, Capitán.
               Por el rostro de Cránade cañoneaban varias gotas de sudor. No podría aguantar mucho más.
—¿Y qué piensan hacer? —dijo, sin querer conocer la respuesta.
—Una huelga.
               El Capitán de las Fuerzas Defensoras sacó su espada. Le siguieron el resto de los soldados.
_¿Están seguros? —dijo, al notar el temor en los ojos de los ciudadanos. Estaban aterrados.
—¿En serio? —respondió, con astucia, el hombre— ¿Nos vas a matar? No nos podés hacer nada. Tu superior no te lo permite. ¿Así tratan a los ciudadanos? ¿Nos quieren matar en lugar de protegernos? ¿Qué clase de gobierno es este? —se dio vuelta y se dirigió hacia los ciudadanos— ¿Este es el gobierno que queremos?
               Cránade no lo podía creer. Nunca creyó que todo iba a ser tan difícil, tan complicado. Cometió algunos errores en el pasado, pero ahora intentaba hacer las cosas bien. Y no lo lograba. Clara se había convertido en una aliada, era más inteligente que lo que él había pensado. Había llegado al poder, se había mantenido fiel a ella, a su política, y aún así, todo se le estaba yendo de las manos.
               Necesitaba tranquilizarse. Era el Capitán de las Fuerzas Defensoras. Miles de ojos captaban sus movimientos. Lo observaban respirar agitado, espada en mano, con los ojos bien abiertos. La luz de las antorchas parecía tomar más y más intensidad.
               Si cedía, quedaba como un débil. Si lo asesinaba, bueno, como un asesino.
Ambas eran malas opciones, aunque, en el fondo, lo sabía. Conocía la respuesta. Estaba escondida, oculta, mínima, en algún lugar de su cabeza. El orden debía ser establecido bajo toda circunstancia. Era indispensable. Esas personas no iban armadas, no tenían preparación, no estaban protegidos. Sí, eran más, pero él podía llamar a refuerzos. Sí, Clara pretendía no derramar sangre bajo ninguna circunstancia, pero ¿en serio estas personas eran ciudadanos de Aires? Se presentaban allí, como si fueran los dueños del mundo. Amenazaban con realizar una huelga. ¿Quién eran? ¿Quién mierda eran?
               Alzó su espada.
—Clara no está acá —dijo, mirando al hombre delante suyo.
               Alguien intentaba hacerse paso por el medio de la multitud. La gente se corría, dejándola pasar pero soltando algún que otro insulto de por medio. Se ubicó delante del hombre que estaba a punto de ser asesinado, y Cránade se sorprendió. La reconoció. Guardó su espada.
               Se apartaron unos metros, para poder hablar sin que nadie los escuche.
—¿Por qué no estás en el Salón del Consejo? ¿Qué hacés acá, Maner?
—Clara se enteró de la manifestación. Yo estaba con ella. Me mandó a decir que no te mandes ninguna cagada, que quería hablar con vos, y que sí, que les des lo que quieren.

viernes, 2 de enero de 2015

Capítulo 14 - Viejos amigos

               La Gobernadora se encontraba en la habitación que, ahora, era su despacho. Recién había recibido una notificación de uno de los tantos pelotones. "No encontramos nada" decían todos y cada uno de ellos. Y así debería ser.
               El papelerío era agotador. Cuando su marido se encargaba de estos trámites lo hacía con total serenidad, podía estar una tarde entera trabajando así. Por la noche caía fundido justo después de cenar, siendo presa del cansancio. Clara recién empezaba ya sentía dolor en las muñecas, y hacía sonar sus dedos y cuello cada dos minutos, manifestándose incómoda. La espalda no tardaría en quejarse también. Aún así, era su trabajo, y debía hacerlo bien.
               Cránade era Capitán de las Fuerzas Defensoras. Cruz había sido ascendido, sorprendentemente, a Jefe de Vigilancia de la frontera norte. Cránade no podía haber sido ascendido a Gobernador porque, en el caso de que el Gobernador muriera, debería asumir el Capitán de las Fuerzas Defensoras, y, en el caso de que éste no pudiera tomar el cargo, lo haría la mujer del difunto Gobernador. Así decía la ley. Por esta razón Máximo nunca podía ser Gobernador, no tenía mujer y la idea de volver a casarse le provocaba náuseas.
               La Gobernadora no era apoyada por el pueblo en su totalidad. Había quienes la acusaban de dictadora, los más conspiranóicos incluso la hacían culpable de la muerte de su marido. Las explicaciones dadas acerca de la muerte del ex-Gobernador y la desaparición de Máximo Cántero fueron bastante confusas, dando lugar a distintas hipótesis, ninguna de estas lo suficientemente tranquilizadora. El pueblo se creía en peligro, pero no sabía a quién temer.
               Clara había declarado culpables al grupo de lunáticos que sembraban el terror en los puebluchos que rodeaban la Ciudad, algunos decían que eran anarquistas, otros creían que eran fanáticos religiosos, pero todos confirmaban que vaciaban cada pueblo que encontraban y asesinaban a todo aquel que veían. Hacía tiempo que, en el pueblo, se rumoreaba la existencia de este grupo, y el discurso de Clara terminó por confirmar el rumor. Había declarado una guerra. Era la primera vez que hablaba en público para todo Aires. Al llegar a su casa, su cuerpo entero temblaba.
               Un soldado entró en el despacho.
—Gobernadora, dicen que es hora—comunicó, en tono formal.
               Ella asintió. La noticia la tomó por sorpresa, pero intentó disimularlo.
—¿Saben que murió?
—Creo que sí.
—¿Saben que asumí yo?
—No. No lo saben. Sería un problema.
—En eso coincidimos. ¿Algo más?
—Estaré haciendo guardia en la puerta hasta que nos necesite.
               Lo había olvidado por completo.
               Cuando el soldado se retiró, mandó a llamar a Cránade. Por primera vez las cosas parecían írsele de las manos, una leve presión en el pecho disminuía su capacidad de respirar correctamente, y, a pesar de hacer no más de 20 grados, comenzó a sudar. ¿Cómo iba a decirle? Su mundo se derrumbaba poco a poco, las realidad se presentaba en cámara lenta, una película de terror que no quería ver. Extrañó al Gobernador durante unos segundos. ¿Cómo se había olvidado? ¡Si desde el inicio estaban allí!
                Cránade llegó rápidamente.
—Sentate—dijo Clara.
—¿Qué pasó?
—Nada, escuchame un rato. Nosotros hicimos muchas cosas anteponiendo el bien de Aires por sobre todo. Priorizamos la Ciudad. A nuestra gente. Eso lo sabés
—¿Qué te pasa? Me estás asustando.
—No, no es para asustarse. Es una de esas cosas que tenemos que hacer. Nada que no hayamos hecho ya.
—Hablame claro, Clara. No des tantas vueltas. ¿Es importante?
—Estoy tratando de decirte eso. Es importante. Pero nada para asustarse. El problema es que no lo puedo hacer yo, lo tenés que hacer vos, no hay alternativa.
—¿Qué tengo que hacer?
—Es algo fácil, pero tenés que escucharme con atención y no podés interrumpirme.
               Cránade asintió.
—Nosotros fuimos una de las primeras ciudades. Aires fue la primera organización después del incidente. Con inteligencia, trabajo y constancia fuimos creando, poco a poco, esto que tenemos hoy.
—¿Es una clase de historia? Ya sé todo esto.
—Te dije que no interrumpas. No viviste todo esto desde el inicio. Al principio éramos muy pocos, nada organizados, y sin ningún futuro a la vista. Fuimos creciendo. Con honor. No todos hicieron lo mismo.
               Clara observó interés en el rostro del Capitán.
—Empezamos a crecer —continuó— pero no podíamos aceptar a todos. No teníamos personal ni lugar. Algunos se lo tomaron mal, empezaron a formar sus propias organizaciones. Nunca llegaron tan lejos como nosotros. Comenzaron a intentar tirar abajo lo que habíamos logrado, querían convertir a Aires en un lugar en el que no se podía vivir.
               El Capitán tamborileaba, con sus dedos, la mesa del despacho, impaciente. Él había llegado a la Ciudad en el tercer año de vida de la misma, y no sabía muchos de estos detalles. La Gobernadora parecía no querer seguir.
—Cuando el sol dejó de girar, cuando su luz comenzó a darnos la espalda, fuimos testigos de la transformación de algunas personas. Los más fuertes sobrevivimos. Muchos se suicidaron, incapaces de soportar el caos. Ahora, de los que sobrevivimos, no todos pretendían hacer las cosas bien. Algo en ellos había cambiado. Se formó un grupo de asesinos. Un grupo de enfermos, sádicos, que arrasaban con todo ser humano que veían. Habíamos vuelto a la barbarie. Todos, y digo todos, estábamos en peligro. Aires también lo estaba.
               Hizo una pausa. Continuó con lentitud.
—En ese momento, Aires gozaba de una sola entrada y salida. Cuando aparecieron estos sádicos, supimos que teníamos que hacer algo. Nos rendimos, pero diciendo que queríamos hablar con el que estaba a cargo. En una reunión a puertas cerradas, el Gobernador propuso nuestra seguridad a cambio de...vender información: localizaciones y datos de pueblos sin importancia. Pueblos que, al entrar en el radar de estos enfermos, tenían un único final posible. Dejaban de existir.
               Cránade sintió un revoltijo de emociones en su interior; sorpresa y admiración por el difunto Gobernador, nostalgia y tristeza por sus primeros años sin sol y la pérdida de su familia, ira hacia aquel grupo de asesinos sin razón. No por los pueblos masacrados, sino por osar enfrentarse a su Ciudad.
—No sé cuánta gente de los pueblos murió asesinada por ellos, pero sé cuántos de mis ciudadanos lo hicieron: ninguno. Y quiero que siga siendo así.
               Clara pensó muy bien sus siguientes palabras.
—Ahí es donde entrás vos.
—¿Qué?
—El trato sigue en pie, Cránade. Fue así durante todos estos años. Máximo nunca lo supo. Mi esposo y yo éramos los únicos, además de una patrulla que lo acompañaba cuando debían reunirse. ¿Te acordás de la semana que pasó todo el quilombo del hijo de Máximo? ¿Que el Gobernador llegó al segundo o tercer día? Se había ido a recolectar información.
               El Capitán dudó unos instantes.
—¿Vos esperás que yo vaya a hablar con estos tipos?
—Sí.
—Esperás mal, entonces.
—¿Perdón?
—No voy a hacerlo, Clara. Andá vos.
—No puedo. No hay mujeres en su grupo. No nos toman en cuenta. Nos creen inferiores tengo entendido. Tenés que ir vos.
—Es una lástima, entonces.
               Esto salía de sus planes. Cránade se había negado. Nunca se le había pasado por la cabeza esta posibilidad.
—Es una orden. Soy tu superior.
—Tengo una idea mejor.
—No necesito ideas. Necesito que hagas lo que te pedí. No quiero que muera ningún ciudadano. Ninguno.
—Cuando uno entra en las Fuerzas Defensoras hace un juramento. Juramos defender este lugar con nuestra vida, de ser necesario. Clara, tenemos un ejército. No sé cuántos serán, pero somos más. Estoy seguro. Estamos entrenados. Y tenemos un propósito. Un propósito verdadero.
—¿¡Y qué pensás hacer!?—dijo Clara, asustada.
—Los voy a hacer mierda. A todos.

martes, 30 de diciembre de 2014

Capítulo 13 - Siempre dicen la verdad

               Anahí Maner volvía a su casa luego de una jornada laboral. Se encontraba exhausta, hace varios meses la Ciudad se había convertido en un caos: el asesinato del Gobernador provocó un revuelo enorme. La desaparición de Máximo Cántero también. Lo creían rehén, retenido en algún pueblucho, en penumbra, mientras sus secuestradores pensaban qué hacer con él. Las Fuerzas Defensoras y ambos Consejos trabajaban sin descanso; ningún crimen quedaba sin resolver, las patrullas rondaban las calles como nunca antes, y todos los días salían pelotones hacia las afueras de la Ciudad en búsqueda del Capitán. Pero volvían con las manos vacías, tan vacías como ese lugar en el alma donde se guarda la esperanza: la esperanza que tenían los habitantes de encontrarlo.


               Máximo se encontraba a oscuras, como rehén, pero estaba en una de las Celdas de la Espera, aguardando la decisión de Clara, o Cránade, o ambos. Quizás el Consejo Mayor entero estaba entrado de su situación. Era imposible saberlo. 

               No tenía nada que perder, su hijo ya no se encontraba en este mundo, (aunque solía escucharlo cuando cerraba sus ojos), había sido reemplazado en su puesto de trabajo (permanentemente) y, si lograba escapar, sería para vivir una vida de vagabundo. Los más altos cargos de una Ciudad habían sido atacados, uno muerto, el otro desparecido, y lo más obvio que podía hacer Clara era dar la alarma a las demás ciudades. Claro que corría un riesgo: si Máximo lograba escapar, podía contar la verdad a las autoridades de otras ciudades y crear un problema bastante incómodo. Al parecer, confiaba en los encargados de la vigilancia del ex-Capitán. De todas formas, si sobrevivía, debía mantenerse alejado de toda autoridad.

               Aún así, la idea de la muerte lo aterraba completamente, borraba todo rastro de tranquilidad en su cuerpo y  llenaba sus pulmones de aire que asfixiaba. Todo era mejor que la muerte.

               Anahí estaba cerrando la puerta de su departamento cuando vio a su hija correr a recibirla con un abrazo. La niñera era una mujer joven, que trabajaba cobrando menos de lo que debería. Era amiga de Ana. Luego del abrazo madre-hija, se saludaron con amabilidad.
               Soledad prácticamente vivió allí durante los últimos meses. Sol, la hija de Ana, la veía como una segunda madre. Comenzó siendo una niñera común y corriente, empezando a trabajar cuando Ana tomó el trabajo en el Consejo, pero luego se volvió indispensable en la familia Maner.
—¿Cómo te fue hoy?—dijo Soledad.
—Igual que ayer. Tratando de hacer las cosas bien. El problema está en si lo hago o no.
—¿Pasó algo en especial?
—Nada, lo mismo de siempre. Quieren culpables a toda costa. La gente del pueblo, las víctimas de los robos, quieren ver a alguien encerrado. Alguien muerto, si son más cínicos. Creo que inconscientemente saben que hicieron caer a un gil cualquiera, los del Consejo estoy seguro que sí, pero nadie abre la boca. Si seguimos así, en unos años vamos a ser veinte habitantes en todo Aires.
—Poco a poco vamos cambiando las cosas.
—Demasiado poco diría yo. 
               Sol se había ido a la pieza. Reconocía cuando debía retirarse. "Son cosas de grandes", le habían dicho una vez.
—Las cosas no van a quedar así, Ana.
               Salieron al balcón. 
              Enfrente del departamento se encontraba el lugar que, en algún momento, fue el hogar de Dante Pardo.
—¿Nada nuevo de tu parte?—dijo Anahí.
—Es posible. Por ahora no está nada confirmado. 
—Preferiría no saberlo, entonces. No quiero falsas esperanzas.
—Está bien, como quieras.
—Lo único que podemos hacer es esperar, ¿no?
—¿Qué?
—Me pareció raro que no lo hayas dicho. La frase esa. La decís siempre, no sé si te diste cuenta.
—Estaba esperando un poco más para decirlo.
               Ana estaba cansada de esperar. Quería actuar. Estaba cansada de ver pasar a la mentira, a la injusticia, a los secretos, por delante de sus ojos. Soledad era más cauta. La madre de Sol había esperado demasiado. Parecían haber pasado años desde que Soledad le contó lo que había dicho su hija. La Gobernadora había salido a aclarar que Dante había sido asesinado por un NN, pero ella sabía la verdad, sabía que una patrulla de las Fuerzas había irrumpido en su casa. Sabía que alguien había logrado escapar. Sabía que las Fuerzas Defensoras (quizás el gobierno entero) andaban en algo sucio. Cuando Soledad le informó de la existencia del Frente de Resistencia, ambas decidieron comunicar lo sucedido. Parecía haber pasado un siglo desde que comenzó a trabajar en el Consejo como infiltrada. Desde que formó parte de la creación del plan para destituir a Clara y a Cránade del Gobierno de Aires.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Capítulo 12 - Ayuda


               La mesa parecía una representación física de la ironía.

               De un lado de la misma se encontraba Máximo. Del otro lado, Clara. Clara y su escopeta.
               La separación, es decir, el espacio entre ellos, era algo ficticio. Algo irreal. No podían estar mas cerca entre sí.
—Tenés un minuto para contarme todo— dijo Clara. Su tono era seco, sin denotar emoción alguna.
—Necesitaba hablar con él, a solas. Sabía que no me esperaba.
—Tenías razón.
—Supuse que la conversación iba a ser algo...acalorada. No quería interrupciones. Era algo que debía hablarse sin cortes, de un tirón. Y era importante estar a solas.
               No estaba mintiendo: tal vez estaba omitiendo hechos, pero nada inventado había salido de su boca. Crear una historia totalmente falsa habría sido mucho mas difícil, todavía se encontraba ebrio y su cabeza no paraba de latir. Estar concentrado en sus futuras palabras era su máxima prioridad.
—Me creía capaz de intuir la reacción del Gobernador. Iba a asustarse, a intentar alejarse de mi. Pensé y pensé hasta que supe dónde podía encontrarlo para hablar tranquilos. Primero pensé en la biblioteca.
—Conocés cada rincón de la casa. Me había olvidado de ese detalle.
—Sí.
—Tu función era protegerlo. Protegernos.
—Lo sé.
—Asesinado por su protector. Quién lo diría.
—Supongo que no voy a ser el empleado del mes, ¿no?—dijo él, sarcástico.
               No pretendía ser gracioso. Tampoco lo había sido. El rostro de Clara se había convertido en una roca, y su paciencia estaba abriendo la puerta de la Sala Principal, decidida a abandonar el salón.
               La cabeza de Máximo estaba en llamas. Debía concentrarse, pero el mareo golpeaba como una ola gigante a un barco indefenso en medio de una tormenta. No podía tener otro traspié. Volver a equivocarse no era una opción.
—Era difícil encontrarlo en la biblioteca. Estamos en plena madrugada. Después pensé en la terraza. Pero talvez había algún que otro guardia fumando o perdiendo el tiempo. Decidí esconderme en el baño, y esperar. 
—Sí...
—Cuando entró, sus ojos se abrieron de par en par. No intentó mediar palabra. Se abalanzó sobre mí, forcejeamos y caí al suelo. Intenté hablarle pero no contestaba. Estaba ciego, de furia, de terror, no lo sé. Me incorporé rápido, y, para cuando se abalanzó sobre mi, yo ya había sacado la espada. Tenía que protegerme. Términó clavada en su pecho.
—¿Dijo algo él?
—No. Nada.
—¿No tenés nada mas para agregar?
—Sí. Fue un accidente. Y que no quiero morir, por favor. Si es posible.
               Clara entró en modo decisión. Máximo lo notó en su rostro, era una expresión que reconocía de las reuniones del Consejo Mayor. Se quedaba en silencio y esperaba a que todos hablaran antes que ella. Esperaba al silencio, al agotamiento de ideas, generalmente decía la última palabra. Era una mujer inteligente. Eso había beneficiado a la Ciudad hasta ahora, pero a Máximo no le gustaba en estos momentos: sabía cuál sería la decisión de una mujer inteligente. Una mujer inteligente lo asesinaría.
               No sería de un escopetazo ahí mismo. Sería una ejecución, nada demasiado formal, a puertas cerradas, talvez esta misma noche. Máximo tenía una idea de la relación entre ella y el Gobernador, no eran capaces de matar por amor. Cántero no había matado a su marido, había matado al Gobernador de la Ciudad de Aires. Y ambos eran capaces de matar por ella.
               La escopeta miraba al Capitán, recostada sobre la mesa con expresión relajada.
—El pueblo —dijo Clara— no lo puede saber. La gente común no lo puede saber. Sería un desastre que se enteren de esto. "Los altos cargos de la Ciudad se están matando entre sí". Esto no sale de acá. 
               Era extraño. Por un momento, Máximo pensó que estaba hablando en tono interrogante, haciéndolo partícipe de lo que decía hacer, dándole lugar en la opinión. Vio la esperanza de sobrevivir una noche más. 
               Parecía oír el mismo tono de voz que en las reuniones del Consejo.
               Clara abrió los ojos de par en par. Se había percatado de algo.
—No podés morir. Ahora sos el Gobernador de Aires.
               Máximo se sorprendió. Respiró profundamente, y el oxígeno que entró en su cuerpo lo tranquilizó. 
—¿Qué hacernos con el cuerpo y qué comunicamos al resto de los mortales?—agregó ella.
               Respiró profundamente, por segunda vez. Pensó en su hijo, en la justicia, en miles de cosas y en ninguna en particular. Pensó que estos últimos 8 dias habían sido los peores de su vida, pero finalmente encontraba algo de luz.
               Pensó. Su cabeza seguía dando vueltas, pero la tranquilidad que le brindaron las palabras de Clara sirvieron para concentrarse.
—Podemos decir que viajó. Comunicamos que salió de viaje. Había conflictos en las fronteras, otra vez, como hace una semana. Después emitimos un comunicado, explicando que los atacaron y él no volvió.
—¿Los atacaron?
—A su pelotón.
—Eso significaría involucrar a más gente. —Salió solo, a medianoche. Cuando salieron a buscarlo los guardias, ya estaba muerto.
               Clara consideró la idea. 
—Vos te encargás de llevar el cuerpo—agregó ella.
—No hay problema.
—Llevá un carromato. 
—¿Ahora tiene que ser?
—Ya.
               El Capitán de las Fuerzas Defensoras tuvo una idea. Pensó en escapar. Dejar todo atrás. Comenzar una nueva vida, alejada de la Ciudad de Aires, la más importante en estos dias, la que tanto le costó formar. En el camino lo decidiría, tenía varias horas de viaje hasta llegar al lugar de los conflictos en las afueras de Aires.
—Antes de la diez de la mañana te quiero acá—dijo Clara.
               Máximo asintió.
               Respiró profundamente. El mareo era controlable. Los nervios comenzaban a abandonar su cuerpo. Después de tanta oscuridad, había logrado encontrar algo de luz. Quizás no era necesario escapar, quizás todo se estaba encaminando naturalmente, quizás la tormenta ya había pasado. Vio un futuro tranquilo. La última semana parecía haber durado meses, meses de sufrimiento y dolor. 
               Se levantó de la mesa. 
               Caminó hacia la puerta. 
               Todo estaba bien, todo estaba en calma. Todo estaba demasiado bien. 
               El silencio era voraz. Su mano derecha encontró el picaporte frio de la puerta. Sintió que le había dado corriente.
               La puerta, al abrirse, rechinó con bravura.
               Máximo se giró hacia su izquierda, antes de salir, para dirigirle una última mirada de agradecimiento a Clara. Un gesto formal y necesario. Ella, tranquilamente, estaba en todo su derecho de matarlo ahí mismo. Y no lo hizo. Quizás por los momentos vividos, quizás en beneficio de la Ciudad, quizás porque no era lo suficientemente fuerte como para acabar con la vida de una persona. En fin, era lo menos que podía hacer. Pero ella no estaba a allí. Estaba detrás suyo.
               Cuando el Capitán lo notó, ya era demasiado tarde. Ella le propinó un golpe con la escopeta y Máximo cayó al suelo, desmayado.
              Cránade se encontraba del otro lado de la puerta.
—Máximo Cántero, estás bajo arresto— dijo.
—Y gracias por la ayuda, Máximo —agregó Clara.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Capítulo 11 - Tenemos que hablar

                La cera de las velas se derretía con la lentitud de alguien que espera algo que no va a pasar. 
                Una resurrección, por ejemplo. 
                La sangre se extendía por el blanco piso del baño del hombre muerto. Sin saberlo, hace unos instantes y hasta quién sabe cuándo, los habitantes de la Ciudad estaban viviendo en anarquía. Máximo dejó caer la espada y logró realizar una acción que no había hecho en las últimas horas: pensar con claridad. ¿¡Qué había hecho!?
                Con esfuerzo, puso al cadáver dentro de la bañera, para evitar que la sangre pase por debajo de la puerta y sea capaz de alertar a cualquier guardia que camine cerca de allí. Costó, y mucho, el Gobernador no era una persona delgada, estaba bastante lejos de serlo. 
                Ahora ya no era nada. 
                Debió mantenerse aferrado a la pared, sus piernas parecían tener ganas de ceder. Se mojó la cabeza y miró al espejo durante unos segundos. ¿Qué iba a hacer ahora? Seguía sintiendo un leve zumbido en sus oídos; su corazón latía con la fuerza del galope del caballo más veloz del mundo corriendo por su vida. Se miró, pero, en el reflejo, no se encontró. ¿O si?
                Había asesinado a un hombre. Un hombre que, en algún momento del pasado, fue su compañero, su amigo, su conciencia, su aliento. Su estructura. Hace siete días atrás, cuando se quedó de brazos cruzados y mirando desde lejos, cuando decidió no intervenir en el conflicto de su hijo, ocurrió una metamorfosis. Desde ese momento, el Gobernador se convirtió en otra cosa. Se convirtió en asesino, en ladrón de felicidad, en ciego a elección. Su presencia no era más que un recordatorio de un futuro que no va a ser y cada palabra suya era un obstáculo para su no-pensar: se había convertido en un traidor. Y los traidores merecen morir. ¿O no? 
                Rompió en llanto. Su cabeza se partía en dos, se abría al medio y afloraban tantos sentimientos a la vez que ninguno se podía separar y distinguir con claridad, se unían y fundían en una mezcla extraña, densa, incomprensible. Una mezcla oscura.
                Volvían las dudas, como olas de un mar intranquilo, férreo, que amenazaba con inundar la ciudad. ¿Qué decir? ¿Qué decirle al Consejo Mayor? ¿Qué decirle a Clara? ¿Qué decirle al pueblo? Había roto aquellas reglas que no se podían romper y seguir todo igual, aquellas en las que había creído hasta hace unos momentos atrás, aquellas reglas que se había impuesto él mismo. Máximo Cántero era un asesino. Máximo Cántero era un asesino, pero era inteligente, y entendía qué era lo peor. Lo peor no era haberse emborrachado. Lo peor no era haber entrado en la casa del ex-Gobernador. Lo peor no era asesinar a quien había sido su amigo; esconderse en su baño, aguardar, y asesinarlo. Lo peor podría haber sido la muerte de su hijo; podría, pero no. Lo peor no fue clavar la espada en su pecho, vaciarle el alma, baldear el suelo con su sangre y pisarla hasta manchar sus propios pies. Lo peor de todo es que no se sentía mal por hacerlo.
                Rompiendo el silencio, sucedió algo que lo arrancó de su nebulosa mental: escuchó pasos del otro lado de la puerta. 
                ¿Los soldados? Eran sus subordinados. ¿Clara? Ella sí era un problema. Clara era un problema de los grandes, no solo por ser la mujer (viuda) del cadáver dentro de la bañera, también era una persona inteligente. Máximo pensó qué debía hacer con ella; en realidad, pensó si debía asesinarla o no, pero esto último quedó en segundo lugar en el podio de sus prioridades mentales; existía algo de lo que no se había percatado. Los soldados no eran sus únicos subordinados. Aquel que le seguía al cargo de Gobernador, aquel que debía asumir cuando este muriese, era el Capitán de las Fuerzas Defensoras. Todos eran sus subordinados. Todos estaban bajo su poder. 
                Máximo Cántero: mal padre, asesino, y actual Gobernador de la Ciudad de Aires.

                Los pasos se desvanecieron.
                Lavó sus manos y su cara, ambas repletas de sangre. El uniforme se había pegado a su piel y sus piernas parecían tener que soportar una tonelada sobre ellas. Tomó su espada y la limpió también. Respiró, trató de calmarse, se habló a sí mismo dentro de su cabeza. Pero la voz que escuchó no provino de su cabeza.
—No trates de hacer nada raro. Tenés diez segundos para salir. 
Clara estaba del otro lado de la puerta, con una escopeta en sus manos.
                Máximo no respondió. 
                Silencio. 
—Diez—dijo ella. 
                La cabeza de Máximo empezó a trabajar con todas sus fuerzas. ¿Debía agarrar la espada?
—Nueve. 
                No. ¿Estará sola?
—Ocho. 
                No podía saberlo. ¿Qué debía decir?
—Siete. 
                Fue un accidente. 
—Seis. 
                Sí. Fue un accidente, estaba en shock y todo pasó muy rápido.
—Cinco. 
                Estaba demasiado en shock.
—Cuatro. 
                ¿Iba a morir?
—Tres. 
                No tenía interés en hacerlo.
—Dos. 
                Ningún interés. 
—Uno. 
                Máximo abrió la puerta con lentitud, y luego levantó sus manos. Evidentemente, era Clara, y tenía una escopeta.
—Caminá despacio—dijo la mujer. 
                Ella retrocedió, él la siguió, dando un paso cada dos segundos.
—¿Está muerto?—agregó.
—Las cosas salieron mal. Nunca fue mi intención. 
                La conversación era pausada. El silencio invadía rápidamente todo el lugar, llenando cada espacio, cada rincón.
—Dame tu espada. 
—Está en el baño. 
—¿Hiciste todo con tu espada? 
—Sí. Fue un accidente. 
—Me imagino. 
                Clara no creía en las mentiras de Máximo. 
—¿Qué vas a hacer?—dijo él. 
—¿Qué? 
—¿Qué vas a hacer conmigo? 
—Estoy considerando las posibilidades. 
—Podés hacerlo sin apuntarme. 
—¿Es una orden? 
—Era una pregunta. 
—Mi respuesta es negativa, Capitán. 
                No había soldados en ningún lado. No se percibía ningún tipo de movimiento. No se oían pasos. Era extraño. ¿Dónde estaban todos? 
                Una gota de sangre del brazo del Gobernador cayó al suelo, creado un sonido leve, casi imperceptible, pero suficiente para interrumpir el silencio ensordecedor. 
                Máximo se sorprendió. Clara ni se inmutó.
 —Tenemos muchas cosas para hablar, Máximo—dijo Clara—. Y tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo. Mucho tiempo. Hasta que salga el sol. 
                Se dirigieron a la Sala Principal.