lunes, 28 de julio de 2014

Capítulo 8 - Acuerdo de prevención

                La niña que había observado, sin haber comprendido la mitad, lo sucedido en la casa de Dante Pardo, se encontraba en el balcón correspondiente a su departamento, cuando su madre se sentó a su lado. Había olvidado que debía haberse ido a acostar hace algunos minutos. 
                Su madre se llamaba Anahí. Anahí Maner. Tenía treinta y tantos, y vivía por su hija.
—¿Por qué estás acá todavía, Sol?—dijo.
                Sol no respondió. Se incorporó y caminó hasta su habitación, para meterse en la cama e intentar dormir. Anahí se arrodilló a un costado de la misma y acarició la cabeza de su hija, hasta que ambas quedaron dormidas. Sol soñó con ella misma, sosteniendo un fósforo encendido que se apagaba lentamente, hasta esconderse en la más espesa oscuridad.
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                El reloj marcó las siete de la mañana, pero Clara ya estaba despierta. Su imagen era la de una mujer que padecía cansancio, a pesar de haber dormido de manera excelente durante las últimas horas. Con su cuchara, dibujaba círculos en el café negro. Mauricio Rodriguez despertó sobresaltado, como si hubiese sufrido una pesadilla. Se besaron, con expresión indiferente, y cada uno inició el día(1)  a su manera. Tenían muy en claro que las próximas horas podían ser muchísimas cosas, excepto fáciles. En el caso de que la tormenta fuese real, debían actuar rápido y reducir las muertes al menor número posible. Se había establecido que el -denominado- acuerdo de prevención debía durar entre tres y siete días; pero ¿y si la tormenta llegaba después? ¿O en medio del proceso? Los resultados serían catastróficos. Era un plan que no podía fallar. Aires no se lo podía permitir.
                Clara subió al altillo. La gente común no lo sabía, pero existían restos de la sociedad moderna (desde pilas hasta electrodomésticos -inútiles-) ubicados en distintos puntos de seguridad de la Ciudad, protegidos con soldados de las Fuerzas Defensoras. Las reservas útiles llegaron a Aires gracias a los grupos de Exploradores (Miembros de las Fuerzas Defensoras enfocados únicamente en la recolección). Eran enviados en casos especiales-cuando el Gobernador lo pedía-a transitar las calles que no pertenecían a la Ciudad ni tampoco a las pequeñas ciudades; debían saquear los hogares y negocios que, en algún momento del pasado, pertenecieron a una persona común y corriente. Las reservas útiles podían ser utilizadas por aquellos que ocupaban cargos privilegiados en Aires, y también por las personas que requerían un objeto en particular para su oficio. La mujer del Gobernador tomó un par de pilas para introducirlas dentro del despertador y se retiró a su biblioteca, aunque no tenía interés en leer palabra alguna. Buscaba algo de paz antes de la tormenta.
                El gobernador de Aires se encontraba en la Sala Principal, mirando a través de la ventana. El movimiento, en la Ciudad, era nulo; nada extraño, considerando el horario. Se sentía arrepentido; pensaba que debía haber escrito las impresiones que tenía, con respecto al acuerdo de prevención, en su diario, pero ya era tarde. Un rugido emitido por su estómago le comunicó que debía desayunar, pero lo único que logró ingerir fue un pequeño sorbo de café. Los nervios comenzaban a repercutir en su cuerpo, y eso no era algo que podía suceder. 
                Máximo Cántero despertó minutos antes de oír la alarma del despertador. Desayunó y se vistió con su uniforme correspondiente. Había llegado al extremo de vivir en modo automático; se sentía incapaz cada vez que respiraba. Se acostumbró a la tristeza, se acostumbró a encerrarse dentro de su propio sótano, e ir a todas partes con el traje de depresión puesto sobre su piel. Dentro de su cabeza habitaba, sin descanso, la expresión en el rostro de Juan, noches atrás, cuando se vieron por última vez. Para aquellos que eran juzgados y penados con cualquier tipo de castigo, la ley permitía dos visitas: una de ellas días antes al castigo establecido, y una última visita horas antes de que este ocurra. En Aires, todos eran iguales ante la ley. Al Capitán de las Fuerzas Defensoras, en estas circunstancias, le resultaba algo difícil de cumplir. 
                Al despertar el día de hoy, se sintió diferente. Tomó su café mientras caminaba por toda la casa, incapaz de mantenerse quieto, como si fuese un niño pequeño. El acuerdo de prevención debía ponerse en marcha dentro de unas horas. Un plan ideado, en su mayoría, por él. Necesitaba una luz que ilumine su túnel, y esta era la oportunidad perfecta para lograrlo. Aunque podría ocurrir lo contrario; podía romper algunos de los pocos focos que quedaban en él. En todo caso, los nervios se sumaban a su cóctel de sentimientos. Terminó su café con lentitud.
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                Media hora más tarde, todos los integrantes del Consejo Mayor se encontraban en la Sala Principal. El Gobernador, Cántero, Cránade, Clara y Palacios. Debían repasar los últimos detalles: el acuerdo de prevención estaba por volverse realidad.

—Nunca habíamos hecho nada como esto. Pero es algo que debe hacerse, por obligación. Es nuestra única opción—dijo Mauricio— . Planeamos cada detalle. Si todos hacen lo que tiene que hacer, nada debería salir mal. Los próximos días van a ser difíciles, eso no es ninguna noticia.
                Los integrantes del Consejo Mayor esperaban palabras que sean capaces de tranquilizarlos. Todos observaban a Mauricio mientras hablaba, excepto Clara; ella dirigía su mirada hacia el suelo. El Gobernador continuó.
—Aires nació en las sombras, pero hoy es la llama que brinda calor a la vida de miles de personas. No es perfecta, está lejos de serlo en varios sentidos, pero ¿es necesaria la perfección cuando, incluso, el universo entero te da la espalda? ¿Es necesaria la perfección después de ver caminar a la muerte? Yo digo que no. Pero tampoco me conformo con lo mínimo: hoy vamos a demostrar por qué llevamos este lugar sobre nuestros hombros. 
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                Máximo Cántero se subió a la plataforma ubicada delante del Obelisco. Cuando fue capaz de observar con atención, se percató de la magnitud de los hechos: Miles de soldados de las Fuerzas Defensoras, de manera extremadamente ordenada, sobre la avenida 9 de Julio. Se dividían en dos columnas, una sobre su izquierda, y otra sobre su derecha. Las columnas se dividían en bloques formados por cien soldados cada uno, y un superior, elegido por Máximo, los comandaba. "Miles de personas al mando de un hombre que no supo guiar a una sola", pensó el Capitán. "¿Qué pasa cuando las ganas y el amor no son suficientes?".
—El acuerdo de prevención se pone en marcha ahora mismo— dijo por megáfono, luego de apagar cerebro y corazón.
                Los soldados se dieron vuelta de manera casi coreográfica y cada bloque marchó hacia el lugar donde debía ir. La Ciudad se veía como el interior de un hormiguero: el continuo movimiento parecía capaz de apagar todas las llamas de Aires. Era una suerte de caos en orden. Aquellos que debían ser mudados esperaban en la puerta de su hogar, portando grandes bolsos con todo aquello que se podía perder en el caso de que llueva. Así como era un plan difícil para los que ocupaban altos cargos en la Ciudad, también lo era para los ciudadanos comunes y corrientes. Debían convivir durante algunos días con completos desconocidos, comunicarse con ellos y, tal vez, sufrir maltratos. Era acostumbrarse, durante un corto período de tiempo, a una vida completamente diferente. 
                Los más chicos lloraban al ver a tanta gente en las calles, temían al descontrol. Los más grandes no lo hacían, pero también tenían miedo: era muy difícil que, gracias al azar, una familia que debía ser mudada, termine en el hogar de un conocido. Y temer a lo desconocido es algo tan humano como respirar.
                Durante unos segundos, Máximo pensó que Aires parecía tan débil como una rama de un árbol muerto, a punto de quebrarse. 
                Descendió de la plataforma y comenzó a hacer su recorrido por las calles, verificando que todo esté bien. Los únicos soldados que no se encontraban participando en el acuerdo de prevención eran los encargados de proteger las Fronteras, los puntos de reservas útiles, el hogar de todos los integrantes del Consejo Mayor y todas las patrullas acompañantes de estos mismos. Máximo pensaba que, cada joven que pasaba a su lado, tenía un aspecto demasiado familiar. Se sentía algo mareado. Frotó sus ojos con fuerza.
                El Gobernador de la Ciudad, Mauricio Rodriguez, se encontraba en la Sala Principal, observando, desde lejos, cómo se realizaba la reubicación de una parte de la población. Debía quedar a cargo de la Ciudad, en su despacho, tranquilo, lejos de la acción, y eso era algo que no le gustaba en lo más mínimo. Cruzar sus brazos era lo último que prefería hacer en estos casos, pero era el puesto que le había tocado. La paciencia no formaba parte de sus cualidades. 
                De un segundo para otro, sintió una leve presión sobre el pecho y se vio obligado a sentarse. Comprobó si su pulso estaba entre los parámetros correctos y se dedicó a respirar profundo durante unos minutos. Después, miró la palma de sus manos prestando suma atención; como si su vida dependiera de eso. Esto último era lo que le preocupaba: su vida, y el futuro de Aires. Temía que todo su esfuerzo haya sido en vano, y temía con el temor de cada uno de los habitantes. Temía por Aires, como si él fuese un niño haciendo una casa de naipes en pleno invierno, sobre el banco de una plaza vacía. 
                Odió un poco el gran reloj. Y a todos los demás también. El movimiento de las agujas era un continuo recordatorio del tiempo que se le escapaba de las manos, como si fuese arena que podía haber convertido en oro puro. Sintió que mientras miraba la Ciudad desde su ventana, la muerte se sentaba en su despacho a ocupar su lugar. 
                Daniel Cránade se encontraba en la frontera norte. Mientras se esté llevando a cabo el acuerdo de prevención no solo debía trabajar en esa zona, también tenía que hacerlo en las otras fronteras. Con su mano derecha sostenía una planilla; en la misma, escrita con lapicera azul, se hallaba una lista donde figuraban los nombres de las personas que salían y entraban de la Ciudad por el norte. En los días -noches- pasados, las jornadas laborales habían sido bastante tranquilas, sin nada fuera de lo habitual. Mientras vigilaba que todos los soldados cumplan su función, Daniel recordó al Capitán de las Fuerzas Defensoras, parado sobre la plataforma delante del obelisco, dando la orden de inicio. Pensó en Máximo. Máximo Cántero. El Primer Defensor de la Ciudad, la luz que nos protege, el hombre que es capaz de dejar clavada su espada en el viento. Daniel escupía en esas palabras. En la Primera Invasión lucharon codo a codo, pero los lazos que solían unirlos se desvanecieron en el aire. Durante unos segundos, dejó volar su imaginación. Se imaginó a él mismo, al mando de las Fuerzas Defensoras.

              Anahí Maner se encontraba en el lobby del edificio. Los bolsos en su espalda pesaban como mil piedras en una mochila, pero no tenía a nadie que los cargase por ella. Sol se aferraba a su cintura, temiendo extraviarse. El frío bailaba en las calles, pero dentro del lobby, al estar amontonada con varias personas más, esto no sucedía. 
                El gran reloj marcaba las 7 de la tarde. La niña había tenido un día tranquilo, no estuvo caracterizado por su inquietud. Grandes bloques de personas caminaban por las calles de la Ciudad, como animales en manada buscando su protección, mientras los soldados de las Fuerzas Defensoras los administraban. 
                Un soldado con rostro avejentado se acercó a la puerta del hotel. 
—Mi nombre es Máximo Cántero—dijo—. Hagan una fila; hombres a la derecha, mujeres y niños a la izquierda, y síganme. 
                Con timidez, todos empezaron a ordenarse. Las filas iban tomando su forma, hasta que Sol comenzó a llorar, abrazada a la cintura de su madre. El llanto parecía capaz de romper los vidrios de toda la Ciudad. Pataleaba con fuerza, con terror verdadero. Las otras personas en el lobby no sabían qué hacer; se miraban con intriga. El Capitán de las Fuerzas Defensoras se acercó a la niña pero solo logró que ésta grite con más fuerza. De la boca de la niña salían las palabras "no quiero ir con los monstruos".
                Mientras el descontrol reinaba dentro del hotel, afuera del mismo sucedía algo parecido. Un bloque se había detenido sobre la vereda de enfrente; el soldado que los guiaba estaba tardando demasiado. Había entrado en una casa y no había salido durante varios minutos. En las calles, el murmullo hacía presencia, y algunos no dudaban en sospechar. Varias familias se tomaban de las manos, mientras clavaban su mirada en la puerta del hogar.
                El soldado salió del lugar. Sin compañía. El bloque de personas no tardó en abalanzarse sobre él, agobiándolo con sus preguntas. Se abrió paso entre ellos y llegó a la puerta del hotel, donde Máximo Cántero esperaba a que una madre tranquilice a su hija.
—Capitán. Mientras escucha estas palabras, trate de poner su mejor cara de póker. No queremos asustar a nadie— dijo el soldado.
—Dígame.
—¿Recuerda que Leonardo Castilla no se encontraba en su casa? ¿Ni tampoco Alejandro Scerro?
—Si, me acuerdo. Trabajan juntos. No sé dónde estarán.
—Capitán, Scerro se encuentra en la casa de Dante Pardo. 
—¡¿Qué hace ahí?!
—Ahora no hace nada, pero en algún momento de la tarde, asesinó a Dante. Y viceversa. Los dos están muertos. 
—Por lo tanto, tenemos problemas.
—Si, Capitán.
—Hay que manejar esto de la manera más disimulada posible. Cuando termines con este bloque, mandá a algún cadete confiable a preguntar a las Fronteras si Leonardo Castilla salió de la Ciudad. Lo más probable es que haya salido. Lo importante es saber en qué horario. Mandá a otro cadete al Centro de Operaciones, quiero saber si alguien vio o escuchó algo durante la tarde, o la noche; no podemos saber cuándo pasó todo eso. No puede ser que nadie haya visto nada.
—Está bien. Pero no podemos esperar a terminar de reubicar a todas las personas. Ahora, en este momento, tenemos que hacer algo, ¿no? ¿Capitán, qué hacemos?
—¿Cómo que qué hacemos? Ahora hacemos silencio.

1: Algunas personas habían abandonado la costumbre de nombrar la palabra "día" luego del Incidente.

domingo, 6 de julio de 2014

Capítulo 7 - Renacimiento

                Una niña, de no más de siete años, miraba por la ventana de su deteriorado edificio. Estaba ubicada en el piso seis (eran doce en total), aunque se encontraba a una altura considerable. El paso del tiempo y el poco cuidado repercutieron en la construcción, tornándolo color gris. Esta niña solía sentarse en su balcón, a mirar el cielo, antes de dormir, mientras trataba de imaginar cómo era el "sol" del que tanto hablaba su madre. Dentro de su cabeza, lo imaginaba haciendo su aparición por el este, "el lado izquierdo del planeta", (así le había enseñado su progenitora) bañando con su luz todo aquello que su vista le permitía ver. Los árboles renacían, así como también las flores, vistiendo colores que las personas nacidas en la oscuridad no conocían, repletos de vida. La niña tampoco conocía estas cosas, lo que le otorgaba, a su imaginación, libertad sin límites. Las imaginaba de todas formas, colores y tamaños. Las calles se poblaban de personas felices, riendo y bailando sin cesar.
                Aunque, en la noche pasada, sus ojos estuvieron ocupados en otra tarea. 
—Cinco minutos. Ni más ni menos— le había dicho su madre. Ella asintió.
                Se retiró al balcón, cuando escuchó ruidos, provenientes de la calle. 
                La niña veía, pero no entendía, lo que estaba sucediendo.Todavía era muy pequeña como para darse cuenta que una patrulla de las Fuerzas Defensoras galopaba hacia una casa aparentemente común y corriente, ubicada enfrente del edificio donde habitaba desde su nacimiento. No era la primera vez que los veía pasar. La niña tampoco se había percatado, pero la cuadra en donde vivía fue patrullada, de manera excesiva, durante la última semana. Una antorcha, encendida, yacía en la vereda. Sintió escalofríos, supo que algo extraño estaba sucediendo. 
                Galopaban formando una suerte de flecha; el jinete que iba a la cabeza portaba una antorcha en su mano izquierda, iluminando el camino. Vestía un uniforme distinto al de los demás: en lugar de predominar el color azul marino, con una franja blanca que trazaba una diagonal (de izquierda a derecha) sobre la casaca (azul marino), con botones blancos y botas -militares- altas (negras), era íntegramente azul. El fuego de la antorcha dejaba una estela sutil, como una huella en arena, a punto de ser borrada por el mar. La patrulla de las Fuerzas Defensoras estaba conformada por cinco hombres. La niña no lo comprendió al verlo, pero uno de ellos, sin bajarse del caballo, atravesó, con su espada, la espalda de un joven que parecía estar escondido. Murió sin notar su presencia. ¿Por qué los soldados de las Fuerzas Defensoras asesinando gente inocente? El jinete descendió del caballo, y subió el cadáver al mismo, cubriéndolo con una manta negra. Los otros cuatro integrantes de las Fuerzas Defensoras también descendieron de sus caballos, con velocidad y precisión casi milimétrica. La niña no logró observar esto, pero el jinete que iba a la cabeza (ahora, a pie) arrojó su antorcha al interior del hogar, a través de una ventana, iluminándolo. Luego, sacó su espada, y se adentró en la casa, a través de la ventana. Los otros tres integrantes de las Fuerzas Defensoras hicieron lo mismo. El asesino del joven aguardó, nervioso. 
                La niña tampoco sabía esto (era imposible que lo supiera), pero el soldado que estaba íntegramente vestido de azul era Cruz, el mismo que apresó a Juan Cántero. Cuando Cruz se adentró en el hogar de Dante Pardo, Leonardo Castilla ya no estaba allí.
                
                No sabía si fue a causa de los nervios, el miedo, la desesperación, o un cóctel de todos los anteriores, pero luego de salir por la ventana trasera de Dante Pardo, Leonardo Castilla corrió como nunca en su vida. Sus pies se movían sobre el asfalto gris, apoyándolos durante las milésimas necesarias para no perder el equilibrio y continuar, veloz como una lágrima al caer. Mientras corría, su mano derecha salpicaba pequeñas gotas de la sangre del anciano que acababa de asesinar, no sin antes mezclarse con su transpiración. 
                La casa de Dante Pardo estaba ubicada a, aproximadamente, treinta cuadras de la frontera oeste(era la frontera más cercana). Leonardo no pensaba ni emitía sonido alguno: era un robot, un conjunto de huesos y demás, configurado únicamente para desplazarse de la manera más rápida posible. Las pocas personas que cruzó, miraron extrañados al joven que alteraba la "normalidad" en las calles de Aires. Cuando sus piernas comenzaron a pedirle descanso, su cabeza se despejó. Fueron algunos segundos, suficientes para pensar con claridad. Llegó a la conclusión de que, posiblemente, Dante Pardo tenía razón: era hombre muerto. Había escapado de una emboscada, si, pero involucraba a las Fuerzas Defensoras -o una parte de ellas- y eso significaba que, al menos en Aires, nunca volvería a estar seguro. Sería buscado, encontrado y juzgado, ganándose el repudio de todos los habitantes de la ciudad, por asesinar al pobre anciano cuya hija había muerto. Estaba seguro que, si comentaba lo que realmente había sucedido, nadie le creería; al pueblo le interesa la verdad que más se amolda a lo que piensa. Leonardo suponía que todo esto ocurría por estar relacionado con Juan, pero seguía sin saber qué había hecho su amigo para ganarse tantos enemigos. ¿Por qué, las Fuerzas Defensoras, cuyo máximo líder era Máximo Cántero, querrían tenderle una trampa al hijo del jefe?¿O, tal vez, Máximo, por alguna razón, buscaba la muerte de su hijo? Eliminó todo pensamiento (absurdo o no) de su cabeza  y se dedicó a mantenerla en blanco, y, por lo tanto, a salvo, mientras continuaba escapando de su muerte. Muerte. La muerte, tan viva en estos días. 
                Cuando faltaban diez cuadras para llegar a la frontera, sus piernas empezaron a pedir ayuda, un poco más que la vez anterior. Respirar se volvía una tarea un poco complicada. Ya no corría a un ritmo rápido, el cansancio no se lo permitía. Estaba dejando todo atrás: viejas amistades, conocidos, enemigos, amores. No tenía familia, no sabía qué había sido de ellos, se había criado en un orfanato. Pero todo eso ya no importaba. A partir del momento en el que escapó del hogar de Dante Pardo, su pasado no debía significar nada; no existía, había desaparecido. Leonardo Castilla ya no existía.
                La frontera oeste se encontraba a una cuadra de distancia. Al divisarla, el joven buscó un lugar para esconderse, durante unos minutos, con el objetivo de recomponerse. Se percató de que ya nadie lo seguía: "¿Se habrán rendido?", pensó, extrañado. Cuando su ritmo cardíaco volvió a la normalidad, se acercó a los hombres que vigilaban la frontera oeste. 
                Las fronteras eran calles comunes y corrientes; los autos, abandonados e inútiles, fueron usados para crear una suerte de "muralla", la cual impedía la intrusión ilegal a la Ciudad. Se extendía alrededor de todo Aires, excepto en los puntos de entrada/salida. Los puntos en los que se podía salir y/o entrar de la ciudad eran cuatro, uno en cada punto cardinal. 
                El joven pensaba que era imposible que la noticia de su escape haya llegado antes que él. O eso deseaba. ¿Y si supieron dónde se dirigía y, de alguna manera, hicieron llegar la información antes que él llegue allí? ¿O, como plan B, antes de realizar la (fallida) emboscada, alertaron a los soldados de las fronteras, diciéndoles que no dejen pasar a un joven llamado "Leonardo Castilla"? Si eso pasó realmente, el joven se había dirigido a su propia muerte.
—Identificación, por favor.
                Al entregar su documentación, respiró profundamente. Fijó toda su atención en los ojos del soldado de las Fuerzas Defensoras, buscando algún indicio, una prueba, una alarma. Una señal que comunique que, evidentemente, escapar fue inútil; que su muerte era algo inevitable. Un escalofrío recorrió su cuerpo, de pies a cabeza, de solo pensarlo. Los músculos de sus piernas se tensaron, duros como el cemento. La espera era un puñal clavándose en sus entrañas.
—¿Tiene pensado volver?—dijo el soldado, aprobando su salida. 
                El joven que, en algún momento, fue Leonardo Castilla, sintió un alivio inmenso. Estaba a diez pasos de salvar su vida. Aunque sea, de momento. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro, imperceptible para cualquier otra persona. 
—Esa es una decisión que tengo que consultar con mi almohada, soldado—respondió.
                 Compró una antorcha y alquiló un viaje -a caballo- hacia el pueblo más cercano, cuyo nombre era Veláneo. Luego de recorrer algunos kilómetros, el joven rompió en llanto. Abrazaba cada lágrima; era una señal que le indicaba que seguía vivo. 
                En el viaje, miró un par de veces hacia atrás. Cuando oía susurros.

jueves, 26 de junio de 2014

Capítulo 6 - Tres días y una verdad

—¿Cómo hacés?— dijo el Gobernador.
—Por inercia. 
—¿No podés ser más específico?
—No me voy a atar una soga al cuello, eso lo sé— respondió Máximo Cántero—. Pero eso no implica que pueda estar tranquilo. Tampoco hay nada que pueda hacer. Y eso me deprime un poco más. 
                Se encontraban en la Sala Principal, mirando a través de la ventana empañada. El viento seguía azotando la Ciudad.
—Tengo que saber si podés seguir haciendo tu trabajo. 
—Qué ironía. Es lo único que tenía pensado hacer.
                Bostezó. No había tenido una buena noche.
—Sos el Capitán, no un peón cualquiera. Estoy hablando en serio.  Te necesito.
—Soy un Capitán que habla en serio. 
—¿Vas a estar así durante toda la reunión?
—No, no te preocupes. Dentro de unos días voy a venir a trabajar después de pasarme horas en el bar, con ojeras que lleguen hasta mis labios y nudillos rojos como la sangre. ¿Le parece bien, señor Gobernador?
                No contestó. 
                Clara se encontraba leyendo uno de sus libros, por tercera o cuarta vez. Algunos diálogos los conocía de memoria, pero eso no le importaba. La telepatía que implicaba la lectura, el acto de sostener el libro y sentir las páginas entre sus dedos, la conexión existente entre autor y lector, la fascinaban. En su biblioteca se sentía tranquila, cómoda, como si estuviera en otra época, lejos de la realidad. Mientras tanto, en el pueblo, se comentaba que una tormenta podía llegar a la Ciudad e inundarla. La esposa del Gobernador de Aires pensaba que eso era una estupidez, nunca creyó en las palabrerías populares. Era una mujer que debía ver para creer, y la "tormenta" parecía imposible, además de improbable. Los últimos dos diluvios provocaron destrozos en la Ciudad, y nadie disfrutaría de uno nuevo, pero estar preparado para estos sucesos era algo inútil. "No se puede estar preparada para recibir a la muerte", pensó. Contempló el libro que tenía frente a sus ojos. Las páginas, con el tiempo, se iban volviendo cada vez más amarillas, tan frágiles y finas como las hojas de un árbol muerto. Era hora de abandonar su lectura, debía iniciar la reunión.
                Cuando llegó a la Sala Principal, se encontró con los integrantes del Consejo Mayor. Todos estaban sentados en el mismo lugar que venían ocupando desde que fueron elegidos para su puesto. El Gobernador se ubicaba en una de las puntas de la mesa, delante de la chimenea. A su derecha estaba Máximo Cántero, el ya-no-tan-querido capitán de las Fuerzas Defensoras, y, a su izquierda, Daniel Cránade, Jefe de Vigilancia de la frontera norte. Siguiente a él estaba Palacios, el encargado del estado monetario de Aires, y siguiente a Máximo había un asiento vacío. Ahí debía ubicarse ella. 
                Años atrás, el Capitán de las Fuerzas Defensoras había sido una suerte de leyenda viviente; Aires, cuando no estaba completamente conformada, sufrió un intento de desestabilización, y en el pueblo se comentó que todo quedó en un intento gracias a la espada de Máximo Cántero: hiriente, incluso, hasta en la más densa oscuridad. Se mantuvo, durante una semana, a la espera del asesino, aguardando, escondido, dentro de la habitación donde dormía el Gobernador. Mauricio estaba enterado, por supuesto: el ataque era algo previsible, Aires estaba en sus peores momentos, era un edificio en construcción, y el Gobernador era el único que impedía el derrumbe. Máximo esperó, a oscuras, y, en la séptima noche, comenzó a oír ruidos. Oía pasos fuera del hogar, y terminó oyéndolos dentro del mismo. Se escondió en la oscuridad, como si de una sombra se tratase. Cuando el intruso entró en la habitación, Cántero quedó a sus espaldas, escondido detrás de la puerta. El Capitán de las Fuerzas Defensoras de Aires tomó su espada y dibujó una línea en los tobillos del intruso, quien cayó al suelo, incapaz de mantenerse en pie. Máximo lo remató introduciendo su espada en la espalda baja del hombre. Cántero, en la actualidad, piensa que ese momento está tan alejado de su realidad que, tranquilamente, pudo haber sucedido en otra vida.
                Clara se sentó en la mesa. Todos la estaban esperando. Cránade puso una mueca que la mujer del Gobernador no fue capaz de descifrar. 
—Tenemos decisiones por tomar— dijo Máximo—. Una mujer se presentó, ayer, en el Centro de Operaciones. Quiero que escuchen con atención. No hace falta que relate los destrozos que provocan las tormentas en nuestra Ciudad. Ella pedía que, aquellos que tienen un hogar precario, puedan hospedarse en, por ejemplo, casas que no corrían peligro alguno por la lluvia. 
—Imposible— dijo Cránade—.
—Es inútil— agregó Clara—. No podemos desorganizar a toda la población de la Ciudad solo por una teoría. ¿Durante cuánto tiempo sería esto? ¿Y si nunca llueve? Y no, no va a llover. El suelo de Aires va a seguir estando tan seco como el desierto. 
                Palacios se mantuvo callado durante unos segundos. Luego, se adentró en el debate.
—La desorganización no es un problema, y, en el caso de serlo, no sería tan grande. Si una tormenta llega a la Ciudad, la pérdida de tiempo que representaría identificar y reparar los destrozos sería el verdadero inconveniente. Y cuando digo destrozos, también incluyo la tediosa tarea de barrer la Ciudad buscando cadáveres. A mi parecer, la balanza se inclina para el lado de las ventajas. Creo...creo que es una buena idea. 
                 El Gobernador observaba en silencio. Al fin y al cabo, él debía decidir qué hacer, y esto no era una decisión simple. "¿Es necesaria esta prevención? ¿La tormenta es real? ¿Se está avecinando en estos instantes?" pensó. 
—¿Y si no quieren?— agregó Cránade— ¿Y si nadie quiere compartir su casa? ¿Van ser forzados? 
—El pueblo va a hacer lo que yo diga. Eso no es motivo de preocupación— respondió el Gobernador—.
—Si yo fuera usted, no me metería en esas cosas. Ahora, las personas pueden tener un trabajo parecido, pero, en el pasado, pertenecían a clases sociales diferentes. Eso se podría traducir como un pasado completamente diferente, es decir, una vida entera completamente diferente, entre personas que deben compartir el mismo techo. 
—No entiendo adónde querés llegar.
—Podría ser problemático, Gobernador. Ni a mi ni a usted nos gustan los intrusos en la Ciudad, imagínese en nuestros hogares.
                Mauricio consideró las palabras de Cránade. Observó los posibles escenarios. Meditó acerca de lo que podría pasar en el futuro. Durante unos segundos, el único sonido que se pudo oír en la sala era la respiración de los que estaban allí presentes.
—Podría pasar, pero no lo vamos a permitir. Tenemos que reforzar la seguridad. Máximo, vas a ser el encargado de llevar a cabo la operación. 
—No tiene de qué preocuparse. Está todo planeado, Gobernador. 
                El Capitán de las Fuerzas Defensoras puso, sobre la mesa, los papeles con la documentación necesaria para el traslado de cierta parte de la población. Todos discutieron (y resolvieron) algunos puntos débiles que tenía el plan ideado en el Centro de Operaciones. Antes de la hora de dormir, todo estaba preparado. Era la medida más arriesgada que tomaba el Consejo Mayor, y estaban algo preocupados, en especial Clara y Cránade, quienes, además de estar preocupados, estaban en desacuerdo. 
                La esposa del Gobernador de Aires fue la primera en retirarse de la habitación. Se paró, de manera brusca, y antes de pasar por la puerta saludó con desinterés. No pretendía llamar la atención de nadie, y mucho menos en ese estado. Se sentía furiosa. Sabía que algo iba a salir mal. Daniel Cránade fue el siguiente en levantarse de la mesa, aparentando tranquilidad. Salió sin saludar. Palacios se mantuvo quieto, en silencio, durante unos segundos: sabía que debía ser el próximo en salir. Observó al Capitán y al Gobernador. Los saludó inclinando su cabeza hacia adelante; un movimiento sutil. Ellos devolvieron el saludo, y vieron salir al Administrador de Producción de Aires por la puerta de la Sala Principal.
—¿Estás seguro?—dijo Máximo Cántero.
—¿Te miento o te digo la verdad?
                Se levantaron de sus asientos. Cuando estuvieron ubicados delante del ventanal, el silencio se apoderó de la habitación. La observación de la Ciudad parecía ser la única acción posible. Aires parecía brillar en la oscuridad.
—Recibí una dosis gigante de verdad en estos días—respondió—. Me vendría bien una mentira. 
—Entonces, estoy tan seguro como que el sol no va a salir mañana.
—Gracias, Mauricio.
                Sus miradas no se encontraban. Se mantenían observando a través del ventanal, inmóviles. 
—¿Estás asustado?
—No, creo que no. Creo que me olvidé cómo estar asustado. 
—Yo estoy algo asustado. Bastante, en realidad. ¿Te pensás que no me doy cuenta cómo me miran en la calle? ¿Y los murmullos a mis espaldas? ¿Y las caras de Clara y Diego cuando dije lo que íbamos a hacer? 
—¿Qué querés decir?
—Estoy en mis últimos días en este cargo, y supongo que en este mundo también. 
—No, no. Si cada uno hace lo que tiene que hacer, todo va a salir bien. Tendría que salir bien.  ¿Por qué aceptaste todo si no estás seguro?
—Porque vos lo estabas, Máximo.
—Si te pasa algo, no quiero que me responsabilices de nada. 
—No, no te preocupes. Igualmente, si pasa algo, sos el responsable de esta Ciudad. ¿Lo sabés, no?
—Si, lo sé. 
                Se miraron a los ojos durante unos segundos. Era una suerte de despedida, pero no hacía falta hacer alusión física a ello. Ambos lo sabían. Recordaron el nacimiento de Aires, la manera en que la fueron formando, poco a poco, paso a paso. Máximo rompió el silencio.
—¿Algo más, Gobernador?
—Si.
—¿Qué cosa?
—Nada que puedas hacer vos. Por las dudas, espero que en el cielo siga existiendo el sol. 
                
                Clara se acostó en la cama matrimonial, que hoy parecía cumplir únicamente la primera función.

-



                Leonardo Castilla estaba esperando, escondido. Sudaba como en un sauna; sus nervios parecían jugar con él. En unos minutos se podía encontrar con la verdad acerca de Juan, pero no estaba totalmente seguro si quería saberlo. "¿Con qué me voy a encontrar?", pensó. Sacó un puñal y lo observó durante unos segundos, sin motivo alguno. Sabía cómo, pero no pretendía usarlo; lo llevó en caso de precaución. Se había infiltrado en la casa de Dante Pardo. La noche se cernía sobre el hogar, sumergiéndolo en un mundo paralelo. 

                Castilla, en su cabeza, elaboraba miles de teorías, con la misma velocidad que una bala llega a su destino. Alejandro, su amigo y compaňero de trabajo, debía esperar afuera. Si Dante Pardo sabía la verdad, significaba que ante el más mínimo indicio de peligro debían escapar. Por lógica, debería estar protegido, pero en su hogar estaría solo. Tenía más suposiciones que certezas, de eso estaba seguro, pero quedaba poco tiempo.
                Dante había tenido un día tranquilo. Era un hombre mayor, rondaba los cincuenta, y solía volver cansado de trabajar. Las decisiones que debió tomar en los diferentes juicios en los que participó fueron fáciles; así como también para sus compañeros. Pardo no volvía cansado por esfuerzos físicos, sino que lo agotaba procesar tantas mentiras en su cabeza. Las detestaba con todo su ser, y solo recurría a ellas en caso de urgencias, aunque eso no quitaba que se sintiera culpable después de decir una. Según el, lo hacían sentir sucio. Le provocaban dolores de cabeza, como si de una enfermedad se tratase.
                El hombre que no había obtenido justicia por el crimen de su hija se iba a encontrar con el joven que estaba en búsqueda de la misma. Pero, esta vez, en circunstancias diferentes.
                Dante Pardo bajó de su caballo, sintiendo el peso de los años en su columna. Sostenía una antorcha con su mano izquierda, mientras intentaba tomar las llaves del bolsillo de su pantalón con la diestra. Cuando entró a su hogar, la luz del fuego iluminó, de manera tenue, la habitación principal. Luego respiró profundamente, mostrando signos de relajación en su rostro.
—Sos lento. Más de lo que esperaba—dijo Pardo—.
                El cuerpo de Leonardo se paralizó. Durante unos segundos, sus manos temblaron como si fuesen de papel, y respirar fue una tarea costosa. Estaba escondido en el dormitorio de Dante, detrás de la puerta. 
—Tenés diez segundos para salir—continuó—.
                El joven se aferró a su puñal. Lo apretó con tanta fuerza que, si el mango fuese de cristal, estaría partido en mil pedazos. 
—Cinco...
                Silencioso como la noche, intentó salir del dormitorio y atacar primero. 
—Cero.
                Cuando Leonardo estaba saliendo de la habitación, Dante arrojó su antorcha por la ventana que se encontraba a sus espaldas, sumergiendo al hogar en una densa oscuridad. El silencio llenó cada rincón del lugar. Leonardo quedó inmóvil. Durante diez segundos, el terror lo invadió. Supo que debía reaccionar cuando un brazo, que salió desde detrás suyo, rodeó su cuello; Dante Pardo estaba intentando ahorcarlo, apretando con todas sus fuerzas, mientras que con su otro brazo intentaba evitar que el joven lo apuñale. Leonardo intentó zafarse pero no era fácil. Su puñal bailaba en el aire, sin llegar a destino. Intentaba conectar con cualquier parte del cuerpo del agresor, pero este era ágil, más que lo que uno podría esperar de un anciano. Todo parecía pasar rápido y lento a la vez.
                La vista de Leonardo se empezó a nublar, la cantidad de oxígeno que llegaba a sus pulmones era cada vez menor, cuando logró acertar una puñalada en la pierna de Dante Pardo, quien, debido al dolor, durante unos segundos, dejó de apretar el cuello del joven. Éste aprovechó para respirar profundo; sintió cómo volvía a nacer, sumergido en oscuridad. Esos segundos le fueron suficientes para poder zafarse del brazo del hombre que debía matar para poder vivir. Solo necesitó dos segundos para que su puñal trace una línea recta hacia el estómago de Dante Pardo, provocando que caiga al suelo.
                Todo pareció esclarecerse para el joven. No solo porque sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, sino porque su corazón dejó de latir de manera frenética y pasó a un ritmo normal, así como también su cabeza. Recordó el motivo por el cual había irrumpido en el hogar de Dante Pardo, y no tenía pensado irse con las manos vacías. Puso su rodilla derecha sobre el pecho del anciano, dificultando su respiración. La visión de Leonardo Castilla se limitaba a trazos sutiles, casi imperceptibles, que formaban el cuerpo del dueño del hogar. Podía ver sus ojos perdiendo el brillo de la vida.
—¿La respuesta está en el día a día, hijo de puta?—dijo el joven, furioso—.
                El hombre al que le quedaban pocos minutos de vida no contestó, sino que rió como si hubiese escuchado el chiste más gracioso de lo que quedaba del mundo.
—¿Todo esto para qué? ¿Quién incriminó a Juan? ¿Quien mató al tipo en La Autopista?
—Yo lo maté. ¿Tenés idea de quién era?
—Nadie supo.
—Era alguien que merecía morir. Eso es suficiente.
—No para mi.
                Apretó la herida con su dedo pulgar, provocando que Dante grite de dolor.
—Era la mierda más grande con la que me pude haber cruzado. Ese tipo me arrancó la vida, y ahora estamos a mano. Era el asesino de mi hija, Leonardo. Ahora ya no es nadie más.
—¿Por qué Juan? ¿Qué tiene que ver? ¿Quien te ayudó a incriminarlo?
—Es cómico que pienses que te voy a decir algo más.
—Sos una mierda, hijo de puta—escupió—. Me mentiste. No me servís para nada.
—Te necesitaba para dejar de serlo. Ya no tengo nada por lo que vivir. Y no tenía el valor para hacerlo yo mismo. También es cómico que pienses que todo es obra mía, pensé que eras más inteligente. 
                "Un anciano que asesina al asesino de su hija. ¿Quién soy yo para culparlo?" dijo para sus adentros. Reflexionó durante unos segundos. Lo miró con débil compasión. 
—¿Algo más?—dijo Leonardo—.
—Si. Un dato más. Estás tan muerto como yo. 
                Castilla oyó un ruido proveniente del exterior del hogar, seguido de un grito de dolor. 

martes, 13 de mayo de 2014

Capítulo 5 - Sombras

                El dormitorio quedó a oscuras. Una ráfaga de viento abrió su ventana, provocando un ruido espectral. Una vela rodó por el suelo, apagada, emitiendo humo. Máximo se despertó de manera súbita, asustado. Recogió la vela, la volvió a colocar en su lugar y luego cerró la ventana. Esperó sentir un ventarrón, pero se encontró con una brisa leve que lo abrazó apenas se asomó . Le pareció extraño.
                El reloj marcaba las siete de la mañana. Nunca se acostumbró a despertar sin la luz del sol esperándolo en la ventana, sin su calidez. Y ahora, en un período de su vida que podría ser cualquier cosa excepto fácil, las cosas empeoraban. Se puso el uniforme de las Fuerzas Defensoras, tomó su espada, su linterna y desayunó un café negro, mientras iba encendiendo las velas de su hogar. A veces, podía jurar ver a su hijo entre las sombras, caminando en ellas, haciendo tiempo, en sus últimos cuatro días de vida. "Si estoy así ahora, ¿cómo voy a estar después?" se preguntó el Capitán, sintiéndose menos capitán que nunca. 
                Se dirigió al Centro de Operaciones de las Fuerzas Defensoras, a unas cuadras del obelisco, a caballo. Algunas personas lo miraron con desprecio, otras, lo miraron de manera disimulada, pero nadie se había quedado callado. Siempre que Máximo caminaba por la ciudad lo rodeaba un murmullo constante, como si fuera su sombra, acompañándolo a todos lados. 
                El lugar estaba atestado de gente. Era extraño, una pequeña porción de las personas llevaban el uniforme característico de la guardia de la ciudad, pero la otra mitad eran hombres y mujeres comunes y corrientes. El salón era inmenso, y todos los integrantes de las Fuerzas que trabajaban allí pensaban lo mismo. La población de Aires era de, aproximadamente, cinco millones de personas (los que ya no estaban habían muerto o se fueron en el Éxodo), y las Fuerzas tenían seis mil integrantes. Sólo aquellos que el Capitán Máximo Cántero había designado como superiores debían trabajar en el Centro de Operaciones, y no eran más de doscientos. Había elegido a los más capaces e inteligentes, aquellos que creía lo suficientemente inteligentes para realizar una labor diferente a la vigilancia en las calles. 
                El Centro de Operaciones, debido a su tamaño, era un lugar frío. Había una gran chimenea, como en la mayoría de todos los lugares importantes de la ciudad, pero no brindaba suficiente calor. Estaba ubicada detrás de la mesa en la que se sentaban a escuchar, y, discutir, los Superiores de las Fuerzas Defensoras. Máximo lo consideraba un lugar sombrío desde su creación, y en estos momentos eso se acentuaba aún más. Todo parecía más difícil, más duro, con menos color. Más oscuro que siempre. En el Centro, se debían discutir los diferentes asuntos que las Fuerzas Defensoras podían, o no, arreglar. Asuntos como mejorar el sistema de cárceles, reclutar, o no, nuevos integrantes para la protección de las fronteras, o una mayor vigilancia en ciertas calles consideradas peligrosas por los habitantes. Éstos tenían que comunicar los inconvenientes que tenían y aquellos que Máximo había elegido para trabajar en el Centro de Operaciones, escuchaban atentamente los pedidos. Luego de tomar una decisión, se elevaba al Consejo Mayor, donde se definía qué se debía hacer. 
                Las personas acudían a buscar ayuda, no por algo que había pasado, si no por algo que estaba por pasar. El frío y el viento constante parecían anunciar la llegada de un nuevo diluvio, y eso no significaba nada bueno para Aires. La gente temía que la lluvia pueda ser capaz de inundar la Ciudad, pero el problema no era morir ahogados (eso era imposible), sino que temían quedar en eterna oscuridad. 
                Era extraño encontrar al Centro de Operaciones en silencio, pero, una vez que Máximo entró, todas las palabras se quedaron dentro de la boca de sus dueños. Hombres y mujeres por igual, observaban al hombre en el gran portón, portando un rostro que indicaba angustia en su máxima expresión. Máximo se encontraba perdido, con ojeras negras y ojos muertos. Nadie lo esperaba allí, después de todo lo sucedido, y muy pocos lo querían en su puesto, dadas las circunstancias. Cántero miró hacia el amontonamiento de gente que se encontraba desparramada detrás de la mesa central.
—Juré defender esta ciudad hasta que la muerte venga a buscarme—dijo—. Las equivocaciones son equivocaciones, y deben pagarse como tal, sea quien sea el culpable. Mi hijo se equivocó y va a ser juzgado, y, aunque me arranque el alma saber lo que va a pasar, no puedo cambiar nada. 
                Una ráfaga de viento cerró el portón detrás de Máximo Cántero.
—Pero también quiero dejar en claro una cosa. Más precisamente, quiero hablarles a los que creen que merezco el mismo destino que Juan. Son bienvenidos a desafiarme, cuando quieran, a duelo. Me encantaría matar algunos imbéciles para sacarme la bronca que tengo encima. Hagan fila. 
                Los ojos de Máximo, de pronto, tomaron algo de color. Miró a la muchedumbre de manera desafiante. Nadie respondió. Todos quedaron inmóviles. El Capitán de las Fuerzas Defensoras caminó, haciéndose paso entre la gente, hacia la mesa central, y ocupó su lugar en ella. La jornada laboral debía comenzar. Algunas personas se fueron, pero aquellos que se quedaron no tardaron en hacer una fila de manera ordenada. 
—¿Cuál es su problema?— dijo Máximo—Les hablo a todos. Parece que vienen juntos. Soy todo oídos. 
                Al principio, no habló nadie. Las personas que conformaban la muchedumbre se miraban entre ellos, temerosos. Nadie se atrevía a hablar. Máximo, por su parte, prosiguió.
—Bueno, ya que no hay ningún inconveniente...
—Tenemos uno, señor. 
                 Un hombre se encontraba un paso delante de todos, representando la voz del pueblo. Había demorado unos segundos en decidirse.
—¿Cuál es ese problema, señorita...
—Anahí. Anahí Maner. 
—¿Cuál es el problema, Maner?
—Todos estamos sintiendo el frío...es decir, acá se siente, ¿no? y sabemos que cuando el clima está tan frío es posible que...llueva, ¿no? No lo digo yo solamente, los más ancianos de la ciudad piensan lo mismo, no sería la primera vez. Si la lluvia es lo suficientemente fuerte, mi casa puede inundarse y quedaría a oscuras. Y no soy la única.
—¿Y cuál es tu propuesta?
—Que aquellos que tengan una casa en condiciones puedan hospedarnos a nosotros, los que tenemos un hogar precario. Si es eso posible.
                Máximo observó la reacción de sus compañeros de mesa. Algunos parecían sorprendidos, otros lucían indiferentes, pero ninguno parecía oponerse a esta propuesta. Uno de los propósitos de Aires era la búsqueda de igualdad, inexistente en tiempos pasados, cuando el sol iluminaba los días y la oscuridad se remitía a las noches. Se debían atender a todos los pedidos, razonables, del pueblo, buscando progresar como Ciudad. El Capitán de las Fuerzas Defensoras ya había tomado su decisión.
—Me parece una buena idea, no tengo ningún problema. Si alguna persona, sentada en esta mesa,—la mesa central en la que estaban ubicados los Superiores de las Fuerzas Defensoras— difiere conmigo, que hable en voz alta para que todos podamos oírlo. 
                 Nadie contestó. 
—Bien— continuó Máximo—. Debemos discutir, entre nosotros, la manera en la que se debe llevar a cabo este proyecto. No es una tarea fácil, requiere mucha organización, pero tampoco es imposible. Vamos a analizar los datos del último censo, es necesario saber si los números cierran, así como también la comodidad de las personas.
                 Se dibujó una sonrisa en el rostro de Anahí
. Máximo se levantó de su silla, y se dirigió a las personas allí presentes.
—Voceros, comuniquen lo acordado. Este plan se elevará al Consejo Mayor, donde se debe definir si se llevará a cabo o no. Todos los demás aquí presentes son libres de retirarse, esta tarea nos va a ocupar todo el resto del día, y, a menos que sea urgente, no se atenderán más peticiones.
                 Poco a poco, el Centro de Operaciones fue vaciándose, quedando allí los Superiores de las Fuerzas Defensoras. Uno de ellos, llevó los documentos del último Censo, y los repartió entre todos. Estuvieron varias horas discutiendo, analizando, trabajando en el plan. Era una tarea complicada, debían observar, habitante por habitante, condición por condición, y comparar datos. Los cafés se acababan y las palabras se volvían más duras, mientras el tiempo pasaba. Les tomó alrededor de diez horas elaborar una lista definitiva, y todavía faltaba la decisión del Consejo Mayor, aunque a Máximo no le importó. Al terminar, sintiéndose cansado y fastidioso, se despidió de sus compañeros, y se dirigió al exterior del Centro de Operaciones, a meditar durante unos segundos. Sabía lo que tenía que hacer.
                 Caminó a paso lento, como era habitual en él. Algunas personas colgaban velas en el exterior de sus hogares, pero el viento había borrado la luz en todas ellas. Como la sonrisa en su rostro. Se sentía confuso, como si una ola de sentimientos, antagonistas entre sí, estuviese atacando su interior. Esto también se había vuelto algo común. Pateó, sin querer, una moneda, pero no se le cruzó por la cabeza agarrarla. Su linterna alumbraba las calles oscuras, vacías, muertas. 
                 Llegó a destino. Diego Fontana, al verlo, lo saludó de manera formal. El guardia, ocupado de la Celda de la Espera, parecía cansado. Dentro de unas horas, su turno terminaría y llegaría a su casa para descansar, dormir, despertar y volver allí. Ástor, su perro, ladró. Máximo deseaba entrar, y el guardia comprendió su deseo. Abrió la puerta y se movió de allí. El Capitán de las Fuerzas Defensoras se adentró en el lúgubre pasillo. Telarañas colgaban del techo,como murciélagos, y las sombras en las paredes no dibujaban formas amigables. Velas, simples, cumplían con su trabajo, alumbrando, pero solo lo suficiente, el lugar. 
                 Cuando Máximo llegó a la celda, ubicada en el final del pasillo, lo encontró despierto, con los ojos clavados en el suelo. El rostro de Juan Cántero estaba escondido detrás de los moretones y las ojeras, perdido. Levantó la vista, y ambos se miraron. La luz de las velas iluminaba un cuerpo escuálido, pálido. Los brazos, a través de los barrotes, se amarraron como anclas al cuerpo del otro.  El calor emanado en este abrazo, de padre a hijo, era capaz de fundir oro. En estas ocasiones, las palabras sobran. Eran luz en la oscuridad. 

-

               El gobernador de Aires y su esposa estaban tendidos en la cama. Colocado en una plataforma, que rodeaba el Obelisco, el gran reloj marcaba las cinco de la madrugada. Ambos vivían en una casa construida específicamente para ellos, a una cuadra de distancia del Obelisco característico de la ciudad. Estaba formada por cinco habitaciones, el dormitorio era pequeño y apenas adornado, una cocina común y corriente (aunque tenían cocinera), baño, el gran Salón Principal y una sala de estar, con una biblioteca inmensa. Había candelabros distribuidos por todas las habitaciones, de manera tal que ningún rincón de la casa pueda permanecer a oscuras. Clara pensaba en su hogar como si fuera un templo en el que la oscuridad no tiene lugar, un sitio apartado de la dureza de la ciudad. Ella era la mujer del Gobernador, y cuando no podía mantenerse emocionalmente firme, se dirigía a su hogar a escaparse de la realidad. 

                Ninguno había podido dormir. Rodriguez estaba inseguro, creía haber sido demasiado duro con Cántero, temía haber arruinado una larga amistad. Clavó sus ojos en las velas, sobre la mesa de luz, intentando despejar su cabeza. Se mezclaban imágenes demasiado confusas en ella. Clara, por su parte, estaba ansiosa. Deseaba que el tiempo pase rápido, dentro de unas horas tenía tareas importantes que cumplir. Se mantenía ocupada leyendo uno de sus tantos libros, pero este era uno especial: el diario de su esposo. Mauricio había documentado minuciosamente el proceso de creación de Aires. Como mínimo, una vez cada diez páginas, había escrito que, de no ser por su esposa y por el desahogo que le brindaba escribir, no lo habría logrado. La mochila que debía llevar era pesada y difícil de cargar, pero siempre se mantuvo en pie. 
                "A veces nos juntábamos a jugar al fútbol, o salíamos a correr, dependía del día. Nos conocíamos desde chicos, éramos buenos vecinos. Su hija Laura tenía veinte años, si mal no recuerdo, era rubia y de baja estatura para su edad. Los sábados volvía tarde, y los domingos apenas salía a la calle. Martín, su padre, era mecánico. Los días de semana siempre lo podías ver con una remera roja, de Levis, vieja, con manchas de grasa y aceite. El día-noche- del apagón empezó a cambiar. La gente estaba cada vez más asustada, y él no era una excepción. Si lograba verlo sonreír, lo consideraba un milagro. Su remera venía cada vez más manchada, y siempre que volvía a su casa, podía escuchar sus discusiones con Laura. Con el paso de los días, sus ojos fueron perdiendo color, al igual que su piel, con algunos moretones, que se iban multiplicando. Unos días después del Éxodo, Laura perdió la paciencia. Mató a su papá y se suicidó. 
                 No los lloré, pero me vi reflejado en élla. '¿Voy a ser capaz de seguir viviendo?'  me pregunté, en ese entonces. 
                 Hoy, sigo de pie, después de haber levantado una ciudad desde sus cenizas. " 
—¿Nunca te vas a aburrir de leer eso?— dijo el Gobernador— Puedo jurar que conocés más de una página de memoria.
                Clara puso el libro sobre sus piernas, y miró a su esposo. 
—¿Nunca te vas a aburrir de vivir? Puedo jurar que sabés lo que vas a hacer todos los días del resto de tu vida— respondió Clara—. Te despertás, desayunás, trabajás llenando papeles y escuchando las quejas de la gente, cada tanto hay un juicio o un problema en las afueras de la ciudad, y, sin embargo, estás acá. ¿Eso contesta a tu pregunta?
                Rodriguez decidió no responder.
                El viento azotaba la ciudad, parecía ser capaz de derribar el Obelisco. Hacía tiempo que no padecían un ventarrón de tal magnitud; se escabullía por las cerraduras de las casas, por debajo de las puertas y entre las ventanas, amenazando con dejar hogares a oscuras. Algunos habitantes de Aires, antes de irse a dormir, pensaron que era una señal. Pensaron que un diluvio estaba cerca. Y esa idea no les gustaba para nada. 
                Clara se levantó de la cama, semidesnuda, y tomó su bata. La chimenea se engargaba de mantener cálido el ambiente, en todo momento. El frío no tenía lugar en su hogar. Ni Clara ni Mauricio sentían simpatía por él. Se dirigió hacia la biblioteca, a paso lento, tranquila. Sentía sus piernas cansadas. Dejó el diario de su esposo en una mesa, abierto, en su última página escrita. Mauricio no había terminado de escribirlo. Volvió a la cama, con la intención de descansar algunas horas. 
                Mauricio seguía molesto, incapaz de dormir. Sentía tristeza por su amigo, Máximo, pero, a la vez, estaba furioso. En su interior se estaba librando una guerra, y no sabía cuánto podía durar, ni quién podía ganar. Parecía haber sido ayer cuando le dio a Máximo el puesto de las Fuerzas Defensoras, y su hijo, Juan, se lo agradeció con lágrimas en sus ojos. Fueron a festejar a un bar, el mismo bar en el que, hace unos días, se peleó con Cruz. 
                El gobernador de Aires sentía que no iba a poder dormir esta noche. Y eso era algo bueno, ya que tenía cosas que hacer.
                Cuando notó que Clara se había dormido, se levantó de la cama, y fue hacia la biblioteca. Se sentó en la silla delante de su escritorio, con la intención de escribir algunas palabras en su diario, pero no surgió nada interesante. Se preparó un café y volvió a su habitación, para besar a su mujer, mientras esta dormía. Luego se vistió, de la manera más abrigada posible, y salió de su hogar, con una linterna y una escopeta. Evitó a sus guardias, saliendo por la puerta trasera. Caminó unos kilómetros. Se escondió entre las sombras cuando fue necesario, y esquivó a la vigilancia de la frontera de Aires. 
                Se alejó de la Autopista, para evitar ser sorprendido por alguna patrulla de su propia ciudad, y evitar mentirle a sus hombres. Caminaba a paso firme, pero sudaba como si estuviese en un sauna. Sus botas se hundían en la tierra húmeda. La idea de encontrarse en mitad de la noche, sin guardias, en las afueras de su ciudad, no le gustaba en lo más mínimo. Sin embargo, era algo que debía hacerse. No tenía elección. Sacó un mapa de sus bolsillos, y lo alumbró con su linterna. Siguió caminando. 
                Estaba sumergido en la más densa oscuridad, en compañía de un viento capaz de mover planetas, pero eso no era ni la mitad de terrible que lo que debía hacer. 


-

                 Leonardo estaba trabajando. 

                 Debía clasificar alimentos obtenidos en la cosecha, fuera de los límites de Aires. La persona encargada de colaborar con la iluminación en la tarea se llamaba Alejandro, y estaba acompañado por otros recolectores. Lo recolectado se tenía que llevar a la Ciudad en carromatos. Solían tardar poco más de tres cuatro horas, pero a Leonardo Castilla le pareció una eternidad. ¿Cuál era el significado de esa carta?



 "La respuesta está en el día a día. J.C. lo agradecerá".



                 La segunda parte de la carta era fácil. La primera no.  

                 El día a día se había ido junto con el sol. Ahora, lo único que pasaba era el tiempo, debajo de una noche que no parecía tener fin. Leo estaba seguro que no iba a encontrar la respuesta esperando, debía poner su cabeza en funcionamiento.  Tenía cuatro días para descubrir cómo salvar a su amigo, pero no era el único interrogante en su mente; "¿quién me está ayudando?" dijo para sus adentros.  "¿Y por qué?". 
—¿Seguís pensando que es inocente?— dijo Alejandro, dirigiéndose, en voz baja, a Leonardo.
—Si es por mi, estaría trabajando acá, con nosotros. Y sin hacer preguntas boludas.
                 Alejandro lo miró. Eran más que compañeros de trabajo, eran amigos. 
—¿Y qué pensás hacer? No te hago esperando la sentencia de brazos cruzados. 
—Algo tengo que hacer, algo tiene que pasar. 
—Creía que eso había quedado claro.  ¿Pero qué podés hacer?
—Se me complica pensar con alguien taladrándome la cabeza. 
                 No podía contarle acerca de la carta. Era un asunto delicado, tal vez estaba involucrado algún superior de las Fuerzas Defensoras, o un integrante del Consejo Mayor. En realidad, podía ser desde el habitante más pobre de Aires, hasta el Gobernador, inclusive. 
—Algo tuviste que hacer hasta ahora. ¿Lo fuiste a ver?
—Si, fui. Estaba perdidísimo. Ah, y también fui...
                 Una idea llegó a su cabeza, rápida, como una bala que llega a su destino. Si, había hecho algo además de ir a ver a su amigo: estuvo en la casa de Dante Pardo, y había conversado con él. Una charla extraña, confusa. Ahora todo empezaba a tener algo de sentido; mínimo, si, pero era algo. Y no pensaba conformarse con eso, debía descubrir toda la verdad. Era tarde, debía esperar a la próxima noche, pero sabía qué tenía que hacer.
—¿A dónde fuiste? Te colgaste.
—Ale, ¿puedo confiar en vos? Es importante.
—¿No confiabas todavía? Decime, es un honor.
                 Se alejaron del grupo de recolectores para hablar más tranquilos.
—Fui a la casa de Dante Pardo, el tipo del jurado. ¿No te parecía que estaba nervioso en el juicio? Bueno, me invitó a la casa.
—¿Y qué te dijo?
—En el momento no me dijo nada concreto. Pero me di cuenta que sabe algo.
—¿Qué sabe?
—Que Aires parece más insegura cada día.
                 "día".
—Lo que no sabe— continuó Leo— es que mañana lo vamos a ir a visitar.