viernes, 4 de abril de 2014

Capítulo 1 - El juicio

—Cuénteme lo que pasó.
                El juicio inició a las pocas horas siguientes de la llegada de Juan. Aires estaba conmocionada, nadie tenía piedad con los asesinos, al igual que con los ladrones. Se llevó a cabo en el Salón del Consejo. Las ciudades tenían luz eléctrica en lugares específicos, se debía priorizar ya que los generadores eran escasos. Las casas estaban iluminadas con velas y lámparas de aceite, y las campanas de las iglesias marcaban la hora.
—Estaba de camino a Córdoba, con el objetivo de conocer cada pequeño pueblo en el camino hacia allá— dijo Juan—. Y después, quién sabe, a Entre Ríos...no tenía un destino fijo. Doblé en La Autopista y vi al cadáver. Me mareé, y no recuerdo nada más.
                Cuando la noche se hizo eterna, las olas de suicidio no pararon de aumentar. Fue cuestión de tiempo que las autoridades dejasen de existir, y las provincias fueron volviéndose ciudades, administradas por simples personas con un objetivo claro: Supervivencia, llevada a cabo con orden y prosperidad.
—¿Usted está diciendo que fue incriminado?
—Lo juro por Dios, si es que alguien lo recuerda.
La religión era cosa del pasado para algunos. Las iglesias solo cumplían la función de albergar gente, y nada más. Eran pequeñas comunidades.
—¿Recuerda que su padre, Máximo, es miembro de las Fuerzas Defensoras?
—Sí, lo recuerdo. Es el capitán, no solo un miembro.
— ¿Un padre capitán y un hijo asesino? ¿Siquiera pensó en cómo saldría parado su padre?
—No lo pensé, porque no hice nada. Soy inocente.
                Máximo se encontraba afuera, deambulando por la calle. No podía soportar la presión de ver a su hijo siendo acusado de un asesinato. ¿Su primogénito matando a una persona? Era imposible imaginárselo. Se alejaba más y más del Salón del Consejo, en un intento inútil de olvidar lo que estaba pasando tras esas puertas. Tenía 40 años pero su rostro siempre denotaba juventud...excepto en estos momentos. Miró hacia el obelisco, observándolo todo, decadente. Igual que su futuro.
                Se dirigió hacia el puesto de vigilancia norte, y se paró en el punto exacto en donde había despedido con un abrazo a su hijo. Pudo sentir la calidez del momento pasado por unos segundos, pero todo terminó por desvanecerse. En otra vida, tal vez estaría llorando. Se retiró del mundo por unos segundos, su mente viajó a otra parte, tal vez a otra galaxia, hasta que escuchó una voz.
—Cántero.
                Máximo no había notado la presencia del jefe de vigilancia, Cránade. Estaba en sus cuarenta pero aparentaba treinta, y era el encargado de vigilar la frontera norte. En el sur no había peligro alguno, solo quedaban pequeños pueblos que no representaban una amenaza. Ser capitán de las Fuerzas Especiales era un privilegio mucho más grande comparado con ser jefe de vigilancia, a pesar de ser puestos de trabajo con apenas un escalón de diferencia.
—Cránade. No estoy de humor— dijo de manera hosca—.
—Yo tampoco estaría de humor en tu lugar. ¿Querés hablar con Cruz? Es el que apresó a tu hijo, él y otro más, no me acuerdo quien era el otro. Después del juicio tiene que venir para acá.
—¿Para qué? No, gracias. — el silencio se apoderó de la conversación. Luego de unos segundos, repuso— ¿Vos qué harías en mi situación?
—No tengo idea. No tengo un hijo, y no espero tenerlo, creo que no puedo ayudarte en esto. Mi consejo sería inútil.
—¿Pero serías capaz de matar a alguien de tu propia familia, por tu deber?
—¿Por el deber? No, por el deber no.
                Las fronteras estaban vigiladas para prevenir problemas, los peligros fuera de las ciudades eran de conocimiento popular. Se contaban historias acerca de los Anarquistas, de los Ladrones, y, sobretodo, de los oscuros. Aquellos que quedaban a la deriva, en la oscuridad, durante mucho tiempo. Se decía que, al estar tanto tiempo sin luz, se volvían invisibles, y vagaban por las ciudades buscando morir. Otros comentaban que la oscuridad los absorbía, los desplazaba del mundo de los vivos.

--

                El juicio estaba a punto de terminar, el consejo estaba decidiendo qué decisión tomar. La presión que sentía Juan era casi tan grande que podía materializarse. Miradas, gestos y murmullos conformaban la discusión en la mesa concejal, debajo del estrado en el que estaba ubicado el Juez. El acusado permanecía sentado, esposado, a la izquierda del mismo. La organización era extraña, al igual que el juicio en sí, debido a que los defensores y acusadores eran personas comunes. Cada bando exponía su versión de la historia, y el consejo definía si el acusado era culpable o no. El pueblo podía asistir o no, pero al ser el juicio del hijo del capitán de las Fuerzas, el Salón estaba atestado de gente.
                Las personas que integraban el consejo eran Garrido, Santaro, Pérsico, Manader, Pardo, y Pérez. Podían existir rivalidades por decisiones pasadas, por bandos tomados, por comentarios fuera de lugar, pero a la hora del juicio todos debían ponerse del lado de la justicia. Fernando Garrido fue sacerdote antes del apagón del sol, Santaro y Pérsico fueron ex-integrantes de alto rango en las Fuerzas Defensoras, lo que les otorgó un lugar en el Consejo al retirarse, Manader había sido expulsado de los Anarquistas y fue bien recibido en Aires como un gran miembro de la comunidad, y los últimos dos que estaban ubicados allí formaban parte del Consejo por un hecho que no les gustaba recordar: el asesinato de sus hijas. Nadie encontró al culpable, Aires se estremeció cuando ocurrió esto y en el Consejo consideraron prudente incluirlos a ambos en el mismo. A partir de ahí, la Ley de Talión se hizo presente en la ciudad, y la mano dura era constante en los juicios.
                Juan logró ver un rostro amigo entre tanta confusión y ojos acusadores: Leonardo Castilla. Eran amigos desde que tenían memoria, del tipo de amigos que uno puede contar para absolutamente todo. Pasaron mucho tiempo juntos cuando ocurrió el Suceso, su amistad se hizo fuerte como un muro de cemento. Eran partes fundamentales en la vida del otro. Juan, confiaba en que su amigo sabía leer labios, y pronunció las palabras "Soy inocente". Nunca se habían mentido, y ese no era el momento. Leonardo le creyó, o eso demostró en su rostro.
—La víctima, por lo que podemos saber, era un trabajador. Tenía un negocio de ropa, y se dirigía hacia aquí, Aires, luego de viajar por los pequeños pueblos. Lo viste bien vestido, montado en una buena bicicleta, y pensaste que debía tener plata.  Solo vos y él en el medio de la Autopista. ¿Por qué no? Las cosas salieron mal—dijo el acusador—.
—No, no fue así. Lo encontré en el piso, tirado, me incriminaron. No entiendo qué puedo hacer para que me crean.
                Pensó que se largaría a llorar. Una lágrima amagó con salir.
—Tenemos nuestra decisión, señor Juez— dijo Esteban Garrido, representando al Consejo—.
—Soy todo oídos.
—Creemos que es culpable.
—¿Y la sentencia?
—Córtenle las manos para que no mate más. Los pies para que no corra más. Y la lengua para que no hable más.
—Me parece justo— dijo el Juez—.

No hay comentarios:

Publicar un comentario