domingo, 6 de abril de 2014

Capítulo 2 - Errores

                El líder, cuyo apellido era Parsén, observaba, uno a uno, a las personas que formaban la ronda. Él estaba ubicado en el centro de la misma.
—La lista, por favor— exigió—.
                Estaban en uno de los pequeños pueblos, "Veintitrés". El nombre era ese gracias a la cantidad de fundadores del mismo. Un joven se acercó a Parsén y le entregó lo que había pedido.
—¿Alguien tiene idea cuántas personas vivían acá?
                Las cincuenta personas que conformaban la ronda se observaron entre sí. Algunos respondieron "cien", y otros, "doscientos".
—Supongamos que eran ciento cincuenta. Entramos en la oscuridad, y sí, fue arriesgado, pero lo logramos. Poco a poco, fuimos tomando cada una de las vidas de este pueblucho. Sin piedad, sin distinciones; mujeres, hombres, los pocos niños que encontramos. Somos la fuerza de la verdad, los cimientos de la razón.
                Todos asentían. Se podía percibir la unidad que reinaba en el grupo, el sentimiento de comunidad, la fuerza de tener, todos y cada uno de ellos, los mismos motivos, los mismos ideales. En sus manos, sostenían antorchas. Formaban un círculo de fuego.
—Cuando se unieron a mí, a nosotros, ¿realmente pensaban que íbamos a lograrlo? Si me responden con un "si", no sé si sería capaz de creerles. Pero la fuerza de convicción se fue contagiando, penetró adentro de sus cabezas como un balazo en tiempos pasados. Como la luz en la oscuridad.
                Eran cincuenta y uno, y solían ser un "pueblucho", apenas en sus inicios. Pero se dieron cuenta que los unía algo más que la tierra que debían compartir, que el aire que debían respirar. No había mujeres, tampoco niños. Solo había hombres que llevaban a cabo una misión.
—No hace falta que lo repita, pero lo voy a hacer de todas maneras: Fuimos elegidos. Se nos otorgó una misión, y debemos cumplirla. Somos el error, materializado en personas. Somos algo que no debemos seguir siendo. El miedo no nos hace retroceder, la convicción nos une, como si fuésemos hermanos de sangre.
                Empezaban a asomar algunas sonrisas. Leves, casi imperceptibles, diminutas. Disimuladas. Pero ahí estaban. Sabían cómo continuaba el discurso: lo habían oído cientos de veces. Las pausas, los gestos, las frases, los gritos fascinaban a todos por igual.
—La lista dice que tenemos prendas de ropa y provisiones, sumándolas con las que ya teníamos, para vivir un año más. ¿Y saben qué? Vamos a cumplir nuestro objetivo mucho tiempo antes. Sin apurarnos, pero mientras antes, mejor.
                Tiró el trozo de papel al suelo. Escupió sobre él.
—Nuestra supervivencia, y la de todos aquellos que ahora mismo respiran, es un error. En Argentina quedan supervivientes, pero el sol se apagó por una razón. Somos los encargados de enmendar ese error.
                Todos gritaron al unísono. 
                Desde allí, se podía observar la punta del obelisco, más cerca de lo que realmente estaba. Inminente.

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